Se despide el 20 de enero, y como siempre, algo nos deja. Nos queda su música, esa que, afortunadamente, suena al inicio y al final del año, como un ritual que marca el tiempo. Luego, la memoria musical se diluye, y vuelve a sonar el eco del vallenato que persiste en lo que queda del alma costeña.
Nos deja la nostalgia y el sabor de los recuerdos: las parrandas, las risas compartidas con amigos que llegaron desde todas partes, pero que deben regresar a sus tierras. Ellos nunca se despiden con un “hasta luego”, porque saben que siempre habrá un regreso.
El 20 de enero se va, llevándose consigo los fandangos, las fandangueras y ese bullicio que llena las calles, pero dejando atrás lo vivido, lo bailado, lo sentido.
Este día, además, nos pone frente a un espejo: el de la realidad de un pueblo donde incluso los rincones más humildes encuentran motivos para celebrar.
Sucre, con su alegría a prueba de carencias, nos recuerda que, salvo tres pueblos, todos hacen fiestas en corraleras. ¿Cómo lo logran? Nadie lo sabe. Porque dinero no hay, pero la vida insiste en abrirse paso entre la escasez.
Sincelejo, la capital del departamento, se enfrenta cada año a un desafío titánico. Con una economía que se sostiene en el rebusque y el mototaxismo como pulmón financiero, uno se pregunta cómo logra recuperarse del maremoto festivo que comienza en diciembre y no termina hasta las fiestas de la Candelaria, a principios de febrero. Si no fuera por esa resistencia casi poética, Sincelejo ya habría sucumbido.
Pero esta ciudad, que alguna vez acarició la prosperidad con fábricas y empresas nacionales, hoy enfrenta el reto de reconstruirse. Es urgente embellecerla, mejorar su malla vial y dotarla de servicios básicos que todavía están insatisfechos. Alguna vez, la falta de agua potable ahuyentó la inversión. Hoy tenemos la oportunidad de soñar con un nuevo comienzo, de diseñar estrategias para atraer capital, empresarios e inversionistas que apuesten por su resurgir.
El 20 de enero se va, pero no debe llevarse nuestra alegría ni nuestra esperanza. Que su partida sea el recordatorio de que, aunque queda mucho por hacer, ya es hora de empezar. Tal vez, con un proyecto de cultura ciudadana, podamos construir juntos la ciudad que merecemos.
Ya se va el 20 de enero. Pero que quede en nosotros el deseo de bailar al ritmo del cambio, como hemos bailado al ritmo de las parrandas. Ya se va el 20 de enero.