La llegada del presidente Abelardo de la Espriella al poder no pudo ser más desafiante. Apenas tres días después de su posesión en Cali, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el occidente del país y convirtió el inicio de su gobierno en una verdadera prueba de fuego.
Por poco ocurre durante la ceremonia, cuando Cali recibía delegaciones internacionales, incluyendo jefes de estado y hasta el mismo Rey Felipe de España, expresidentes, empresarios y miles de invitados. Habría sido una tragedia de proporciones todavía más difíciles de calcular. La tierra esperó tres días, pero terminó dándole al nuevo presidente una bienvenida que nadie habría querido recibir.
Y hay que decirlo: afortunadamente Colombia enfrentó esta tragedia con un nuevo gobierno. No quiero imaginar la improvisación, los discursos ideológicos y la búsqueda de culpables (que ya se hizo) que habrían marcado la respuesta de la administración anterior. En una emergencia no se necesitan discursos interminables ni peleas en redes sociales. Se necesita liderazgo, presencia y capacidad de ejecución, cosas que ya hemos visto en estos quince días de gobierno.
El terremoto golpeó a Cali, el Eje Cafetero, el Chocó y numerosos municipios del occidente colombiano. Desde Bogotá resulta difícil imaginar su verdadera magnitud; en lo personal, solo al ver las imágenes del noticiero del mediodía entendí su efecto devastador.
Mientras muchos continuamos trabajando y viviendo con relativa normalidad, miles de familias perdieron sus casas, sus negocios y, en el peor de los casos, a sus seres queridos. Las redes sociales, con todos sus defectos, nos han acercado a ese dolor: edificios destruidos, hospitales afectados, carreteras bloqueadas y familias enteras durmiendo a la intemperie.
Además, la tierra no ha terminado de acomodarse, pues las réplicas continúan y con ellas permanece el miedo.
Ante esta tragedia hay que reconocer que Abelardo no ha parado. Lo hemos visto recorrer, día tras día, las ciudades y municipios más golpeados, encabezar puestos de mando, buscar recursos dentro y fuera del país e informar los avances casi en tiempo real. Está presente, al frente y dando la cara. Algo que, después de cuatro años de desgobierno, Colombia necesitaba volver a ver.
En pocos días se han movilizado millones de dólares, miles de millones de pesos, toneladas de ayudas y equipos internacionales de rescate. También han aparecido los voluntarios, que nunca sobran, y las donaciones de ciudadanos y empresarios. El mundo se conmovió y respondió pero ahora el desafío será garantizar que cada peso llegue realmente a quienes lo necesitan. Las pérdidas se estiman preliminarmente en $30 billones y la reconstrucción tomará varios años.
La primera dama, Ana Lucía Pineda, y Tatiana Céspedes, esposa del vicepresidente, también se pusieron la 10, liderando ayudas y visibilizando el enorme componente social de esta tragedia.
De la Espriella llegó prometiendo transformar el país, pero la naturaleza reorganizó sus prioridades. La reconstrucción deberá convertirse en uno de los grandes capítulos de su Plan Nacional de Desarrollo: reconstruir viviendas, hospitales y escuelas, pero también empleos, comunidades y esperanza.
No fue la bienvenida que esperaba. Fue una bienvenida de 7,4. Y también la primera oportunidad para demostrar de qué está hecho su gobierno.