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El Intervencionista

Sufrimiento progresista

Hay una escena que comienza a repetirse en Colombia: mientras un nuevo gobierno trabaja para cumplir aquello que prometió durante la campaña y, al mismo tiempo, atiende la catástrofe provocada por el terremoto, algunos de sus más feroces opositores parecen experimentar una particular incomodidad. No basta con cuestionar las decisiones, debatir las políticas públicas o ejercer legítimamente la oposición. Existe algo más profundo: el sufrimiento de quien no soporta ver al otro alcanzar aquello que él mismo no pudo conseguir.

No es una idea nueva. En Justicia social. Un engaño con fines políticos, al analizar la obsesión por la igualdad, sostengo que el igualitarismo parte de la comparación. El individuo observa a otro, identifica una condición que considera superior y desea alcanzar aquello que el otro posee. Cuando esa comparación se convierte en frustración frente al éxito ajeno, aparece la envidia; cuando esa emoción se prolonga, se transforma en resentimiento y, finalmente, en odio.

Aquí encontramos una de las grandes paradojas del progresismo: mientras proclama combatir las desigualdades, puede terminar alimentando una cultura obsesionada con ellas. Ya no importa únicamente mejorar la condición propia; importa que nadie esté demasiado por encima. El éxito ajeno deja de ser un ejemplo de lo que puede alcanzarse y se convierte en algo que debe ser cuestionado, limitado o incluso castigado.

Por eso resulta tan revelador observar la reacción frente a quien gobierna haciendo precisamente aquello que sus adversarios no lograron hacer: trabajar por todos los colombianos, sin importar su color de piel, su condición económica o su pensamiento político. En apenas una semana de mandato, el presidente ha tenido que enfrentar simultáneamente las consecuencias de las fuerzas de la naturaleza, a los malhechores que perturban la tranquilidad de los colombianos y a una oposición que todavía parece no asimilar el resultado electoral.

Mientras unos trabajan para reconstruir y proteger, otros están empeñados en destruir, desacreditar y obstaculizar. No construyen, destruyen; no colaboran, estorban.

Cuando la política abandona la realidad y se instala en el resentimiento, el resultado es diferente. El éxito del adversario se convierte en una ofensa. Su triunfo parece insoportable. Sus resultados deben ser minimizados, ridiculizados o negados, porque reconocerlos significaría aceptar que las ideas defendidas durante años quizá no eran tan exitosas como se prometía.

Ese es precisamente el punto en el que la obsesión por la igualdad se convierte, como planteo en el libro, en una enfermedad mental y del alma: no porque toda discrepancia política sea enfermiza, sino porque la comparación permanente puede deformar la manera de interpretar la realidad.

Quien vive atrapado en el resentimiento termina siendo incapaz de contemplar el conjunto; buscará obsesivamente aquello que considera negativo, incluso cuando exista alrededor un universo de cosas buenas. En su sufrimiento, no verá los avances: buscará el defecto. No reconocerá los resultados: buscará el fracaso. No celebrará el bien: necesitará encontrar aquello que pueda utilizar para justificar su resentimiento.

Este gobierno apenas comienza, pero el dolor de gran parte de la izquierda frente al resultado electoral es evidente. Ahora solo tiene dos caminos: asumir que Abelardo De La Espriella es el presidente de Colombia, evaluar objetivamente su labor y ejercer una oposición democrática y responsable; o continuar desconociendo el resultado de las urnas y convertir los próximos cuatro años en un permanente ejercicio de frustración política.

La democracia no consiste en gobernar únicamente cuando ganamos, sino también en saber reconocer la legitimidad de quien gana cuando perdemos.

Colombia no necesita una política construida sobre el malestar frente al éxito ajeno. Necesita recuperar una cultura que premie el esfuerzo, la responsabilidad, el mérito y la capacidad de producir resultados. Es pertinente dejar atrás la verborrea y la ineptitud del gobierno anterior y permitir que los resultados hablen por sí mismos.

En efecto, el sufrimiento progresista no solo será consecuencia de lo que haga el nuevo gobierno, sino también de la incapacidad de algunos para aceptar que otros pueden hacer aquello que ellos prometieron y no pudieron.

Y cuando la envidia se convierte en resentimiento, el resentimiento en odio y el odio termina gobernando la percepción de la realidad, ya no estamos simplemente ante una diferencia política: estamos ante una enfermedad mental y del alma que hace que, dentro de un universo de cosas buenas, solo pueda verse aquello que se considera malo.

Porque ese es el drama del resentimiento: no necesita que todo esté mal para sufrir; necesita encontrar algo malo para justificar su sufrimiento.

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