“Mi gobierno librará la batalla cultural”. Esta frase del presidente Abelardo de la Espriella representa mucho más que una declaración política: reconoce que ganar una elección no significa haber ganado la batalla por las ideas.
El poder político puede cambiar de manos en un día; transformar la cultura de una nación puede tomar generaciones. Por eso, la batalla cultural inicia ahora, y Colombia necesita algo más que discursos: necesita principios, coherencia y resultados.
El primer desafío será la extrema coherencia. No basta con haber defendido durante la campaña la familia, la seguridad, la libertad, la propiedad privada, el libre mercado y la fe en Dios. Es necesario gobernar conforme a esos principios.
La coherencia exige convertir las convicciones en políticas públicas y las políticas públicas en resultados verificables. Un gobierno que promete libertad no puede expandir innecesariamente el Estado; quien defiende la propiedad debe garantizar seguridad jurídica; quien habla de disciplina fiscal debe administrar responsablemente los recursos públicos; y quien reivindica la familia debe protegerla.
La batalla cultural necesita resultados porque pocas cosas tienen mayor fuerza para defender una idea que una realidad que demuestra sus frutos.
El segundo desafío será despertar el sentido común. Durante años, determinadas narrativas han conseguido modificar el significado de las palabras hasta alterar la percepción de la realidad. La respuesta no puede ser imponer otra narrativa, sino recuperar la capacidad de pensar mediante la razón, la evidencia y los hechos.
Debemos volver a preguntar qué significan realmente conceptos como justicia social, igualdad, derechos o inclusión. La batalla cultural comienza cuando dejamos de aceptar las ideas de manera acrítica y aprendemos nuevamente a llamar las cosas por su nombre.
El tercer desafío será comprender correctamente el Estado laico. Laicidad no significa ateísmo ni exige expulsar a Dios de la vida pública. Sin embargo, existe una corriente progresista que pretende convertir la neutralidad religiosa del Estado en una exclusión de la fe del espacio público, hasta el punto de que nuestra propia tradición judeocristiana corre el riesgo de ser presentada como incompatible con la República.
Si esa lógica avanzara, también quedarían bajo cuestionamiento símbolos y expresiones patrióticas que mencionan a Dios: la invocación a Dios en el preámbulo constitucional, el juramento a la bandera, el lema institucional “Dios y Patria” y las referencias cristianas presentes en nuestro himno nacional.
Defender el Estado laico, por tanto, también significa defender la libertad religiosa y el derecho de los creyentes a participar plenamente en la vida pública.
Finalmente, Colombia necesita reconstruir el modelo. Y aquí la Nueva Derecha ofrece una síntesis que integra tres elementos inseparables: liberalismo, conservadurismo y patriotismo. Liberalismo para defender la vida, la libertad, la propiedad privada, el libre mercado y los límites al poder estatal; conservadurismo para preservar la familia, la tradición, la moral y aquellos valores que han demostrado su importancia para la estabilidad social; y patriotismo para defender a Colombia, sus instituciones, su soberanía, su Estado de derecho y su identidad nacional.
La batalla cultural, entonces, no consiste simplemente en derrotar al progresismo electoralmente. Consiste en demostrar que existen principios capaces de producir una sociedad más libre, próspera, segura y moralmente sólida. La elección pudo cambiar el gobierno; la batalla cultural tendrá que cambiar las ideas.
Porque las ideas no se derrotan con silencio.
Se derrotan con mejores ideas.
Y esas ideas solo alcanzarán la victoria cuando dejen de ser palabras y comiencen a convertirse en realidad.