Vivimos rodeados de analistas. Los hay para todo: para explicar una decisión partidista, interpretar una encuesta, descifrar una declaración, anticipar una elección, descubrir una conspiración y, si hace falta, explicar en tiempo real por qué ocurrió aquello que cinco minutos antes nadie había previsto.
Estamos plagados de análisis. Lo que empieza a escasear es la comprensión.
En política colombiana se ha vuelto habitual asistir a una competencia por encontrar la explicación más rápida. Ocurre algo y casi inmediatamente aparecen las certezas: que el Centro Democrático raicionó sus principios, que detrás de determinada decisión está el “petrouribismo”, que todo responde a una estrategia electoral, que alguien está negociando algo en secreto o que, de alguna manera, todos los acontecimientos terminan conectados.
Todo en todas partes al mismo tiempo.
El problema no es que esas hipótesis existan. Algunas incluso pueden terminar siendo ciertas. El problema es la facilidad con la que se convierten en conclusiones sin haber pasado primero por algo mucho menos atractivo en la era de las redes sociales: comprender el contexto.
Porque comprender exige tiempo. Exige conocer antecedentes, identificar actores, distinguir intereses, revisar hechos, entender las reglas del juego y, sobre todo, aceptar que la realidad política suele ser bastante más compleja que el relato que queremos construir sobre ella.
Pero la complejidad tiene un problema: no suele hacerse viral.
Es mucho más sencillo decir “esto demuestra que…” que preguntarse qué ocurrió antes, qué alternativas tenían los protagonistas, qué intereses estaban en juego y qué otras explicaciones son posibles.
Así hemos terminado confundiendo opinión con análisis y convicción con conocimiento.
Hay una diferencia fundamental entre ambos. Opinar es un derecho y, además, es relativamente fácil. Analizar implica someter nuestras propias certezas a la posibilidad de estar equivocados.
Y ahí está quizás el verdadero problema.
Muchos no observan la política para comprenderla, sino para confirmar lo que ya pensaban.
Si un hecho favorece a quien simpatiza con ellos, encuentran en él una muestra de inteligencia política. Si favorece al adversario, encuentran una conspiración. Si un partido toma una decisión que no coincide con sus expectativas, inmediatamente hablan de traición. Si coincide, hablan de coherencia.
El mismo hecho puede convertirse en prueba de cualquier teoría dependiendo de quién lo interprete.
Eso no es análisis. Es prejuicio buscando argumentos.
Y hay algo todavía más preocupante: se ha instalado la idea de que comprender una decisión equivale a justificarla.
No.
Puedo comprender por qué un partido toma determinada decisión y seguir considerándola equivocada. Puedo explicar los intereses que mueven a un actor político sin compartirlos. Puedo reconocer la lógica de una estrategia sin estar de acuerdo con ella.
Comprender no es justificar. Explicar no es defender.
Precisamente por eso, el análisis serio no necesita convertir a todos los actores en héroes o villanos.
La política no funciona como una película en la que hay buenos y malos perfectamente identificables y cada acontecimiento tiene una única explicación. Hay intereses que coinciden y después se separan. Hay alianzas circunstanciales. Hay cálculos electorales. Hay errores. Hay contradicciones. Hay decisiones pragmáticas. Hay convicciones. Hay egos. Hay información que conocemos y otra que desconocemos.
Y, algunas veces, simplemente hay decisiones equivocadas.
No todo tiene que obedecer a una gran estrategia.
Pero las redes sociales tienen una particularidad: premian la seguridad, no la prudencia. Premian al que responde primero, no necesariamente al que comprende mejor. Premian la frase contundente, incluso cuando detrás de ella no hay investigación alguna.
Por eso abundan las explicaciones definitivas sobre asuntos que apenas están comenzando a desarrollarse.
El analista serio debería tener, por el contrario, una virtud que hoy parece poco rentable: la capacidad de decir “todavía no lo sé”.
Esa frase, que debería ser el comienzo de una investigación, en redes sociales parece una derrota.
Y no lo es.
A veces reconocer que faltan elementos para concluir es mucho más inteligente que fabricar una conclusión con los elementos disponibles.
Colombia necesita menos analistas empeñados en demostrar que siempre tienen razón y más personas dispuestas a entender por qué las cosas son como son antes de decidir qué pensar sobre ellas.
Porque quizá el verdadero problema de nuestra conversación política no sea la polarización.
Quizá sea algo más elemental: hemos aprendido a opinar a una velocidad muy superior a la que somos capaces de comprender.
Y así terminamos viendo política todo en todas partes, al mismo tiempo, incluso donde solamente había una decisión, una circunstancia o un hecho que todavía necesitábamos entender.