Solo el pueblo salva al pueblo

Hay momentos en la historia de los pueblos en los que la solidaridad deja de ser un gesto individual y se convierte en una verdadera respuesta colectiva frente a la adversidad. Eso es lo que hemos visto en Cali: ciudadanos ayudando a ciudadanos, vecinos tendiéndole la mano al vecino, jóvenes organizándose y comunidades enteras entendiendo que, cuando las instituciones no alcanzan o cuando la tragedia golpea, la primera fuerza para resistir y salir adelante está en la propia gente.

Quiero destacar especialmente a muchos de aquellos jóvenes que durante el estallido social fueron señalados, estigmatizados y presentados ante buena parte del país únicamente desde la confrontación. Muchos de ellos hicieron parte de la llamada Primera Línea y cargaron durante años con una pesada etiqueta. Hoy, sin embargo, algunos de esos mismos jóvenes han demostrado que detrás de aquella movilización también existían profundas inconformidades sociales, pero, sobre todo, una enorme capacidad de organización, solidaridad y compromiso con sus comunidades.

Lo ocurrido en Cali nos deja una enseñanza que Colombia no debería ignorar: solo el pueblo salva al pueblo. Cuando una comunidad decide organizarse para proteger la vida, ayudar al que lo necesita y acompañar al vecino en momentos difíciles, demuestra que la solidaridad ciudadana puede convertirse en una poderosa herramienta para enfrentar la adversidad.

Y mientras esto ocurre en otras regiones, en Sucre seguimos asistiendo con preocupación a una sucesión de asesinatos que enlutan a nuestras comunidades. Lo más doloroso no es solamente la pérdida de vidas humanas; también preocupa el silencio, la falta de respuestas contundentes y la sensación de que muchas familias terminan enfrentando el miedo y el dolor prácticamente solas.

No podemos acostumbrarnos a contar muertos. No podemos normalizar que la violencia se convierta en una estadística más ni aceptar que las disputas políticas, los intereses particulares o las conveniencias electorales estén por encima de la vida de los sucreños. Frente a cada asesinato debería existir una respuesta institucional clara, una investigación eficaz y, sobre todo, una política pública que coloque la protección de la vida como prioridad absoluta.

Por eso, Sucre tiene que mirar hacia Cali y aprender de esa capacidad de organización ciudadana. No se trata de copiar una experiencia ajena, sino de comprender su esencia: cuando el pueblo se une, deja de ser espectador de su propia historia y comienza a construirla.

Los sucreños tenemos que superar las divisiones que durante años nos han impuesto las estructuras políticas. Tenemos que encontrarnos en torno a lo esencial: la defensa de la vida, la seguridad, la dignidad, el empleo, la educación, la salud y las oportunidades para nuestros jóvenes. No podemos seguir eligiendo gobiernos cuyo principal propósito sea satisfacer intereses particulares de grupos políticos mientras las comunidades esperan soluciones.

El próximo desafío de Sucre no debería ser simplemente escoger entre nombres, partidos o alianzas electorales. Debería ser decidir qué clase de gobierno queremos. Uno que gobierne para unos pocos o uno que ponga en el centro a la gente.

Por eso, hoy más que nunca, debemos repetirlo y convertirlo en una convicción colectiva: solo el pueblo salva al pueblo.

Y si queremos que Sucre cambie, tendremos que comenzar por nosotros mismos: organizándonos, cuidándonos, acompañándonos y, llegado el momento, ejerciendo nuestro derecho al voto con memoria y responsabilidad. Porque un pueblo unido puede cambiar el rumbo de su historia y elegir un gobierno para el que ninguna vida sea menos importante que un interés político.

COMPARTIR
COMPARTIR
COMPARTIR

Más Columnas

Imagen de Perfil

Sufrimiento progresista

Imagen de Perfil

Solo el pueblo salva al pueblo

Imagen de Perfil

Sucre baja la pobreza, pero no cambia el modelo

Imagen de Perfil

Todo en todas partes al mismo tiempo

Imagen de Perfil

Yahir Acuña: lejos del despacho, cerca de la Corte

Imagen de Perfil

La batalla cultural inicia