Desde hace un tiempo hay una agenda mundial contra los dispositivos electrónicos en las aulas de clase, pues se ha demostrado ampliamente que su uso, en especial de ciertas redes sociales, atentan contra la salud mental y las competencias básicas necesarias para el aprendizaje como la atención, la memoria y la abstracción.
Pero esta crítica a los dispositivos no sólo está en las políticas públicas que adoptaron en Australia y en Europa, de hecho, en la última película de la saga Toy Story, también se presenta la tecnología como el malvado que obnubila, desconecta y disocia a los niños.
Recientemente en Bogotá se anunció que la ciudad se sumaría a esta iniciativa, pero considero que estamos cayendo rápidamente en la satanización de la tecnología y comprendiendo mal lo que una revolución digital significa.
Colombia siempre ha querido ser un país de vanguardia arribista. Los criollos querían ser españoles, José Asunción Silva quería ser francés y entre más uno mira a los contemporáneos se da cuenta de que todos están intentando ser de otros lados para evitar la pregunta de qué somos nosotros y qué podemos aportar al mundo.
Por eso que en Bogotá se adoptara la moda mundial contra los celulares no debería alegrarnos, sino que debería preocuparnos porque nuevamente estamos apropiando ideas que desconocen nuestro contexto o que no trabajan desde lo que podemos pensar y reflexionar.
Otro ejemplo de esto es la idea de Petro de crear un centro de analítica de datos en Santa Marta.
Esta era una idea maravillosa para ponernos a la vanguardia de las discusiones internacionales pero que, nuevamente, desconoce lo que requiere verdaderamente una revolución digital.
La gente cree que basta con poner computadores, formar ingenieros y ponerlos a tirar código, eso puede solventar la desocupación laboral de los jóvenes por algunos años, pero no mucho más.
Una revolución digital no habla tanto de incluir IA o Chatbots , asunto que han apropiado empresas haciendo que disminuya la calidad de la atención al cliente, sino que consiste en ayudarse de la tecnología para simplificar procesos, ser más ágiles en las tareas, prescindir de personas/áreas y pensar en conectar ideas y teorías que antes parecían de ramas específicas, pero que paulatinamente van convergiendo para transformar. La revolución digital, por tanto, se trata más de pensar(nos), construir(nos) y amalgamar(nos) con el fin de producir.
Por ejemplo, una revolución tecnológica le vendría muy bien a varios procesos burocráticos que tiene el Estado. Los procesos notariales o de Cámaras de Comercio podrían suprimirse en su mayoría; los subsidios y ayudas que brinda el Estado también se verían beneficiadas si unificamos las bases de datos que tiene cada ministerio o entidad gubernamental; podría destrabar los procesos judiciales que hoy dejan a criminales libres por culpa de la burocracia; y, conectar innovaciones tecnológicas con los lineamientos policiales … Pero estamos tan embebidos en poner un chatbot que no responde, una IA que no sirve o formularios infinitos en miles de páginas innecesarias.
Cerremos temas. Más que prohibir en las aulas los dispositivos, los docentes tienen que pensar en integrarlas y venderlas como herramientas. Hay que evitar el copiar por hacerlo y poner al usuario en el centro, acabando con la burocracia paralizante. Considero que, si logramos que el Estado se monte en una revolución digital bien hecha con análisis de capacidades de cargos, inclusión de tecnología para apalancar procesos y unificación de la información, lograríamos que el Estado disminuyan sus costos y provea, con mayor eficiencia, bienestar para todos los colombianos. Pero sin duda, antes de prohibir y copiar, hay que pensar, crear y enlazar.