La izquierda suele presentarse como propietaria de una especie de superioridad moral. Se autoproclama defensora de los pobres, de los vulnerables, de la igualdad y de la justicia, mientras reserva para sus adversarios calificativos como egoístas, inmorales, fascistas o enemigos del pueblo. Pero existe una pregunta que pocas veces se formula: ¿ quién decidió que la izquierda posee el monopolio de la moralidad?
El problema comienza cuando una ideología confunde sus objetivos políticos con categorías morales. Defender la igualdad no convierte automáticamente una causa en justa, del mismo modo que hablar en nombre de los pobres no convierte en moral cualquier mecanismo utilizado para alcanzar ese propósito. La moralidad no puede determinarse únicamente por las intenciones declaradas; también debe juzgar los medios empleados y las consecuencias que producen.
Una de las estrategias de esta narrativa consiste en derrumbar la jerarquía de la gravedad moral de las infracciones para relativizar la magnitud del daño causado. De esta manera, el fin termina justificando los medios. Se pretende equiparar el incumplimiento de una promesa de campaña con el uso de las armas para alcanzar el poder mediante el secuestro, la extorsión, la tortura o incluso el asesinato.
Bajo esta lógica, actos de distinta naturaleza y gravedad terminan siendo presentados como simples episodios de un mismo proceso político. Incluso se transforma el lenguaje para alterar la percepción de los hechos: un ataque terrorista puede terminar siendo denominado “estallido social”.
La contradicción resulta todavía más evidente cuando quienes se presentan como defensores de los derechos humanos promueven el aborto; cuando se pretende reivindicar el ataque al Palacio de Justicia como una “genialidad”; o cuando quienes hoy cuestionan la respuesta del Gobierno ante una catástrofe natural omiten sus propias responsabilidades frente a tragedias que ocurrieron durante su administración.
Las inundaciones en Córdoba por ejemplo. El problema no es ejercer oposición: el problema es exigir a los demás una moral que no se está dispuesto a aplicar con el mismo rigor a los propios actos.
La misma lógica aparece cuando se pretende equiparar situaciones que, aunque puedan parecer similares superficialmente, tienen naturalezas completamente diferentes. Así ocurre con la comparación entre el uso de una aeronave oficial para actividades laborales como lo hace el presidente y su utilización para fines personales como lo hacía Francia Márquez.
Cuando todo se coloca bajo la misma categoría moral, desaparece la capacidad de distinguir entre trabajo y ocio, entre necesidad y privilegio, entre lo legítimo y lo abusivo. Si todo es igualmente inmoral, entonces, en realidad, la moralidad deja de existir como criterio.
Es simple: quien está dominado por el resentimiento puede terminar viendo inmoralidad allí donde existe esfuerzo, privilegio donde existe mérito y explotación donde existe intercambio voluntario. La realidad deja de ser el criterio y la comparación se convierte en el criterio moral.
Una ideología no adquiere superioridad moral porque hable de justicia. Tiene que demostrar que sus principios son justos, que sus medios son legítimos y que sus resultados son compatibles con aquello que afirma defender.
La verdadera batalla cultural consiste precisamente en quitarle el antifaz a la superioridad moral autoproclamada por la izquierda y devolverle a la sociedad la capacidad de juzgar las ideas por sus principios, sus medios y sus frutos.
Porque la justicia no se vuelve justa porque la pronuncie la izquierda, ni la injusticia deja de serlo porque la cometa quien dice luchar por los pobres. La moralidad no pertenece a una ideología. Se demuestra con principios, con coherencia y con hechos.
Y si queremos juzgar la verdadera moralidad de un proyecto político, debemos mirar más allá de sus discursos y observar sus resultados. Los últimos cuatro años ofrecen precisamente ese terreno de evaluación: comparar lo que se prometió con lo que se hizo, los principios proclamados con las decisiones adoptadas y las intenciones declaradas con las consecuencias producidas.
La moralidad no se proclama. Se demuestra. Y la izquierda está muy lejos de eso.