Colombia ha sido reconocida como el tercer país más bello del mundo, según la revista Forbes. Y quienes la amamos profundamente no logramos entender cómo, desde los tiempos de la violencia política, algunos han intentado destruirla. Son los depredadores de siempre: aquellos que sembraron el terror, que sacrificaron mujeres y niños, y que tiñeron de sangre este territorio sagrado.
A Jorge Eliécer Gaitán lo asesinaron por soñar un país más justo y digno. A Luis Carlos Galán lo silenciaron por ser un liberal íntegro, con una visión renovadora. ¿Qué clase de país quiere la oligarquía? Se matan entre ellos, manipulan los hechos y confunden a una sociedad cansada, hundida por años en la incertidumbre.
El reciente atentado contra el senador Miguel Uribe Turbay fue, una vez más, un intento fallido de conmocionar al país. Pero se equivocaron. La figura de Uribe Turbay no tiene el peso histórico ni político de un Gaitán o de un Galán. El pueblo ya no cae tan fácilmente. Ese atentado no logró el impacto que esperaban y, en cambio, dejó en evidencia la desesperación de quienes no logran aceptar que sus días en el poder están contados.
Durante más de dos siglos, la clase dirigente ignoró al campesino, abandonó las regiones y permitió que la corrupción carcomiera las instituciones. Pensaron que el pueblo nunca despertaría. Pero despertó. Hoy, con más fuerza que nunca, la gente toma las calles, exige cambios, reclama justicia social y el rescate de nuestro tejido colectivo.
Colombia es un país bello, pero empobrecido por quienes lo han gobernado históricamente. Los mismos que hoy, al ver que pierden control, intentan confundir y manipular. El atentado contra el senador Uribe fue una maniobra desesperada que fracasó.
Este país está renaciendo desde la conciencia ciudadana. La gente se ha cansado del clientelismo y de la politiquería. Exige dignidad, exige respeto. Y quienes antes gobernaban, hoy están divididos, sin un programa coherente, sin ideas y, sobre todo, sin un líder carismático que conecte con el sentir del pueblo.
Ya no hay marcha atrás. Los depredadores pertenecen al pasado. Su legado quedará escrito como un capítulo oscuro y vergonzoso en la historia de Colombia. Lo que viene es otra historia, escrita por y para el pueblo.