Un llamado a los creyentes

Te dicen que los cristianos no deben participar en política, que la espiritualidad no tiene que ver con las elecciones de gobernantes, que la fe y la gobernanza son incompatibles. Eso afirman los progresistas mientras piden tu voto para apoderarse del Estado y gobernar imponiendo ideologías que se apartan considerablemente de las sagradas escrituras.

Se trata de la lucha por el poder terrenal para ejercer la fuerza legítima del Estado y sentarse en el trono para ser adorados; no es más que la búsqueda de erigirse como el becerro de oro en la tierra.

El Estado es el gran problema y una gran fuente de todos los males, pero si ese problema lo dejamos en manos de ideologías que se apartan totalmente de la fe y de la palabra sagrada, los frutos serán la implementación de políticas anticientíficas, anticristianas como las que propone el progresismo, la ideología de género, el asesinato de seres humanos en el vientre de la madre, el crecimiento exagerado del gasto estatal, impuestos insostenibles, la promoción de hechicerías y brujería. Estas creencias adoctrinan al punto de erradicar la educación religiosa de las instituciones educativas, como ya lo hicieron.

Debes recordar, amigo creyente, que cuando el pueblo exigió un rey al creador, este advirtió: tomará vuestros hijos, también a vuestras hijas para que sean perfumadoras, cocineras y amasadoras. Asimismo tomará lo mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares, y los dará a sus siervos. Diezmará vuestro grano y vuestras viñas, para dar a sus oficiales y a sus siervos. Tomará vuestros siervos y vuestras siervas, vuestros mejores jóvenes, y vuestros asnos, y con ellos hará sus obras. Diezmará también vuestros rebaños, y seréis sus siervos.  Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey que os habréis elegido; mas Jehová no os responderá en aquel día (Samuel 8).

El mensaje es claro: seremos esclavos del poder porque tiene la capacidad de corromper; por esa razón se debe buscar la forma de reducir los tentáculos del Leviatán achicando al Estado, o maniatarlo con la elección de representantes a los que asista la fe.

Pocos hombres en la historia han resistido esta tentación; para la muestra, Gedeón, quien no aceptó ser rey (Jueces 8), Washington, quien entregó el poder dos veces para no convertirse en tirano, renunciando a ser reelegido por segunda vez, y Jesús, quien rechazó del maligno la oferta más tentadora, gobernar los reinos de la tierra porque a él, al mal, se le había entregado (Lucas 4).

Mientras el Estado exista, concurrirán la tentación y el mal; por lo tanto, no basta con ser creyente y arrodillarse en el templo si al momento de elegir a tus gobernantes decides por ideologías progresistas que no guardan relación con las enseñanzas sagradas. Sería mejor ser coherentes con la fe, como lo fueron los founding fathers en los Estados Unidos, que los llevaron a convertirse en una gran nación que reconoció como evidentes verdades la igualdad ante el creador. Por esta razón asiste a los cristianos participar en política.

El problema no radica en el ejercicio del libre albedrío para elegir gobernantes; el inconveniente es apelar a tus emociones más que a la razón. En ese momento, cambias las mínimas bondades de la gobernanza bíblica por las máximas perversidades de la justicia social que proponen los progresistas desde el Estado.

Tú decides.

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