Con los recientes hechos de violencia, las redes se llenaron de reflexiones que me llevaron a revisar la historia de nuestro país. Es triste y desafortunado que en mi corta vida sólo haya conocido una Colombia marcada por la violencia.
Sí, no conozco una Colombia en paz: una Colombia donde camine con tranquilidad; donde pueda viajar en carro por las regiones sin pensar que algo vaya a pasar; una Colombia rural, por ejemplo, en la que no me preocupe cuando mi papá va a la finca; una Colombia en la que pocas personas puedan decir que ellas o sus familias han salido invictas de las tantas formas de violencia que existieron y existen.
La generación de mis papás y abuelos insiste en que “hemos regresado a una época oscura”. Pero más que un retroceso, creo que nos hemos acostumbrado a vivir en riesgo, a “sobrevivir”.
Mi mamá me contaba historias de bombas en centros comerciales y recuerdo el atentado al Club El Nogal, así como los ataques con bombas puestas en animales y objetos o las minas antipersona.
De niña preguntaba por los bustos en los corredores viales de Bogotá, recordatorios de líderes asesinados que hacían su trabajo y soñaban con un país posible. Pensemos en las narconovelas, ¿acaso son sólo ficción?, no. Son el reflejo no solo del pasado sino de un presente que aún existe en muchas ciudades del país.
Hoy, los jóvenes rememoran esas historias de extorsiones, secuestros y asesinatos que oyeron de sus padres y que parecen lejanas. Llenos de tristeza, escriben sobre promesas incumplidas y preguntan dónde está la Colombia diferente que les pintaron, se preguntan por el proceso de paz fallido al que muchos le apostamos.
A las nuevas generaciones nos enseñaron a no callar, a opinar con respeto y empatía… y hoy, a veces, expresar ideas significa exponerse y arriesgarse.
Yo siento que no volvimos al pasado; es que, simplemente, nunca hemos salido de esa espiral de violencia. Más bien, nos hemos acostumbrado a ella de una u otra manera. Algunas estadísticas en el campo de la seguridad pueden haber mejorado, pero otras formas de agresión han aumentado sin cesar.
He crecido viendo el noticiero informando noticias malas, sufriendo el secuestro político de mi papá, las extorsiones frecuentes a la familia, el asesinato de conocidos, el miedo por una pesca milagrosa o un toque de queda impuesto.
Ya hasta perdimos la cuenta de las innumerables marchas suplicando por un país en paz. Las formas de violencia han evolucionado. Para la muestra, los debates en el Congreso de la República o la intolerancia en las calles colombianas; las discusiones mediáticas en redes que son verdaderos campos de batalla; el miedo de hablar en público; la búsqueda del “dinero fácil” que atropella cualquier principio.
Ojalá el caso de Miguel Uribe no marque el inicio de una nueva escalada ni un periodo negro en nuestra historia. Que sea, por el contrario, el impulso necesario para unirnos y crear conciencia: que el fin no justifica los medios, que el diálogo debe primar, que la vida vale oro. Él ya ganó, en estos diez días él ha logrado lo que pocos, unir a todo un país en un sueño de paz y esperanza.
Desde la familia y la escuela, hasta las instituciones y las leyes, tenemos que repensarnos. Cómo dice el dicho, “a la hora de hablar, el cómo importa más que el qué”. Al fin y al cabo, la esperanza es lo último que se pierde.
Feliz día del padre a todos aquellos que trabajan por el país, a mi papá, a Miguel Uribe, a los miembros de las distintas fuerzas asesinados, a quienes sueñan con una Colombia en paz.
#FuerzaMiguel