Un liderazgo «popular» llegó a la Alcaldía de Sincelejo con más de 78.000 votos, una legitimidad aparentemente incuestionable que le permitió exhibir opulencia administrativa, cosechar elogios y proyectarse como el gobernante que haría historia. Pero esa aparente comodidad tuvo un precio: lo que comenzó como la consolidación de un proyecto político avasallador, terminó convirtiéndose en una prisión.
Amasar un caudal electoral de semejantes proporciones implica una estructura política robusta y grandes cantidades de dinero para financiar operadores políticos, consolidar alianzas y cumplir compromisos de campaña de toda índole. La elección termina, pero las acreencias electorales apenas comienzan.
“Los inversionistas” no esperan su tasa de retorno en réditos políticos ni burocráticos. Esperan recuperar sus intereses y su respectivo capital en la misma especie en que fue entregado: dinero contante y sonante.
Es un abultado pasivo ineludible que llega antes que las connaturales cargas administrativas del gobernante. No se ha posesionado el burgomaestre elegido y desde su primer día de mandato, el primer problema por resolver: es mantener a raya las culebras que le quedaron pendientes.
Pero el reptil pronto se convierte en un monstruo de dos cabezas: de un lado, la urgencia de cumplir compromisos financieros que no admiten espera; del otro, la necesidad de exhibir victorias tempranas que mantengan vivo su capital político.
Esa doble presión empuja a gobernar bajo modelos administrativos, contractuales y financieros de corto plazo. Las asociaciones y mecanismos de ejecución acelerada que pueden producir resultados inmediatos se convierten en un plan sistemático de elusión del Estatuto General de Contratación Pública, y en foco de corrupción estatal.
Un derroche de recursos públicos que terminan pasando factura en forma de subdesarrollo social y déficit fiscal.
Lo paradójico del tema es que en un abrir y cerrar de ojos, el alcalde pasó de ser en campaña de un promitente libertador de las afujías sociales de las clases desfavorecidas a esclavo de sus financiadores , operadores políticos y, finalmente de su propia popularidad.
Mercados, electrodomésticos y ayudas repartidas en los barrios vulnerables de la ciudad, sostienen una imagen que exige ser alimentada a diario. La popularidad se convierte así en otro barrote: que obliga a mostrar, entregar y agradar, mientras gobernar queda relegado.
La popularidad siempre exige pagar un precio alto. Si acostumbras a los polluelos a llevarles la ración de comida hasta el nido, sin enseñarles a volar ni a conseguir su propio alimento, después tendrás que engordarlos para toda la vida. Por eso cada anuncio debe superar al anterior, cada obra convertirse en imagen y cada decisión impopular asumirse como un riesgo.
El gobernante termina administrando no solo la ciudad, sino también una dependencia asistencial que solo se sostiene con entregas y dádivas destinadas a alimentar una popularidad insaciable que exige la apropiación de recursos ilimitados. bajo este esquema de poder no hay recaudo de impuesto que aguante.
Sumado a lo anterior aparecen los fantasmas del pasado, procesos ante la Corte Suprema de Justicia que quieren agregar barrotes de verdad a esta historia.
Sin anticipar decisiones ni responsabilidades que corresponden a los jueces, resulta imposible ignorar el efecto político e institucional de una situación que obliga al mandatario a dedicar parte de su agenda a defender su futuro jurídico. Puede conservar influencia, actividad política y protagonismo público, pero gobernar exige otra cosa: presencia, dirección y continuidad. Mientras atiende su defensa, ¿Quién defiende a Sincelejo de sus problemas estructurales?
La ciudad necesita un administrador que avance, no que su agenda quede atrapada en la incertidumbre judicial. y aunque el gobernante consiga mantenerse lejos de las rejas de la justicia. Lo cierto es que la verdadera libertad no depende de ninguna sentencia.
Pues si gobernar te mantiene atrapado entre compromisos financieros cuestionables, presiones políticas, decisiones de corto plazo y la necesidad permanente de sostener el poder, puedes gozar de libertad física y seguir siendo un prisionero de una aparente popularidad.
Esa es la jaula de oro: tener el poder para gobernar, pero no la libertad para hacerlo. Y esa libertad, la de gobernar la ciudad y manejar su propia agenda, nuestro flamante alcalde la perdió hace rato.
La alcaldía una jaula de oro de barrotes invisibles pero reales.