El departamento de Sucre, a pesar de haber alcanzado su mayoría de edad hace más de cinco décadas, sigue sin avanzar con firmeza. La madurez de su población aún no se refleja en su desarrollo y, mientras los años pasan, la espera continua. Pero el cambio no llega. En su lugar, el conformismo ha echado raíces, sumiendo a sus habitantes en una resignación colectiva.
Una historia de olvido y oportunidades perdidas.
Cada marzo marca un año más en la historia de Sucre. Hoy cumple 58 años y, a lo largo de este tiempo, ha visto pasar gobernantes que han ignorado sus necesidades. Un departamento con un enorme potencial productivo sigue rezagado, a la espera de que la educación transforme a una sociedad que aún no asume su responsabilidad en su propio destino.
Las tierras fértiles siguen sin ser cultivadas, mientras el campesinado aguarda un milagro que lo saque de la pobreza. Pero los milagros no llegan donde no hay acción.
Hace 58 años, Sucre nació́ como departamento gracias a la iniciativa de un grupo de ciudadanos cansados del abandono del Bolívar Grande y del centralismo de Cartagena. Soñaban con un futuro mejor, pero carecían de los contactos para hacerlo realidad. Fue entonces cuando la clase política se apropió́ de la causa y, con sus influencias, convirtió́ la idea en ley.
Para los políticos, el negocio resultó rentable. Para el pueblo, la historia siguió igual.
El verdadero problema: política y ciudadanía
El atraso de Sucre no es solo culpa de sus gobernantes. También es responsabilidad de una ciudadanía que los elige sin exigir resultados. La falta de educación política ha convertido el voto en una mercancía barata. Quienes deberían elegir el desarrollo del departamento lo intercambian por 50 o 100 mil pesos y una borrachera.
¿Quién educa al ciudadano para que entienda el poder de su voto?
¿Quién sensibiliza a los políticos para que trabajen por el bien común y no solo por sus intereses?
Es urgente capacitar a la población para que elija a sus líderes por sus propuestas y no por dádivas. Solo así́ desaparecerá́, de una vez por todas, la mafia compradora de conciencias.