Sincelejo y el reto de volver a ser una ciudad para la vida.

¿Para quién estamos construyendo las ciudades del futuro?

Jan Gehl, uno de los grandes urbanistas contemporáneos, insiste en que las urbes deben volver a poner a las personas en el centro de la planificación. Las calles, las plazas y los espacios públicos deberían diseñarse para favorecer la vida, la interacción y la caminabilidad; no para perpetuar el dominio del automóvil, el ruido o la fragmentación social.

Esa idea, que parece obvia, adquiere en contextos como el de Sincelejo un sentido profundamente transformador.

Una ciudad que crece sin transformarse

Sincelejo, como muchas ciudades intermedias de Colombia, vive una paradoja: crece sin transformarse. Se expande físicamente, pero no evoluciona en términos de planificación, sostenibilidad o equidad.

Su huella urbana se ha extendido desordenadamente sobre el territorio, muchas veces sin considerar la capacidad de carga ambiental, la disponibilidad hídrica ni la estructura ecológica principal. Las periferias se llenan de viviendas informales, mientras el centro se degrada y pierde vitalidad.

Estas dinámicas no son simples “fallas técnicas” de la planeación. Son síntomas de un modelo de desarrollo que prioriza la inmediatez sobre la visión, la urbanización sobre la ciudad y la infraestructura sobre la vida urbana.

Las ciudades intermedias, que podrían ser espacios de equilibrio territorial —más humanas, sostenibles y conectadas con sus regiones—, han terminado reproduciendo los mismos errores de las metrópolis: segregación, desigualdad, improvisación y pérdida de identidad.

El agua: espejo de un modelo urbano agotado

La crisis del agua que atraviesa Sincelejo trasciende los problemas de redes, bombeo o infraestructura obsoleta. Es el síntoma de un modelo urbano desconectado de su territorio. Desde hace más de dos semanas, decenas de barrios y zonas rurales padecen la falta del servicio, obligando a las familias a recurrir a tanques, pozos o carrotanques a precios irracionales. El agua —bien público por excelencia— se ha vuelto un bien de mercado, reflejo de una planificación que perdió de vista la sostenibilidad y la equidad territorial.

Pero detrás del racionamiento está una verdad incómoda: no se puede garantizar agua en una ciudad que crece sin control. Las fuentes se degradan, los humedales se rellenan, los suelos pierden su capacidad de recarga y las redes colapsan ante una expansión que nadie planificó.

El POT vigente identifica áreas de riesgo y zonas de protección, pero la urbanización las ignora. Mientras tanto, los proyectos de infraestructura se anuncian sin una visión integral del ciclo hídrico urbano.

La paradoja es que la escasez ocurre en un territorio donde llueve abundantemente. El problema no es la falta del recurso, sino la ausencia de una gobernanza territorial del agua: una estructura institucional que articule lo ambiental, lo urbano y lo social bajo una misma visión.

Movilidad y desigualdad en movimiento

La movilidad en Sincelejo también se ha convertido en el reflejo de su improvisación urbana. El crecimiento desordenado, la falta de una red vial jerarquizada y la ausencia por años de un sistema de transporte público eficiente han generado un modelo de movilidad profundamente desigual.

En lugar de calles para todos, tenemos calles para sobrevivir.

Los peatones son los grandes olvidados. El espacio público se reduce a andenes estrechos, muchos ocupados por ventas informales o motos estacionadas. La ciudad no se piensa para caminar, y eso se traduce en aislamiento, inseguridad y pérdida de cohesión social.

Mientras tanto, la motorización avanza como símbolo de progreso individual, pero a costa del bienestar colectivo. Sincelejo, una ciudad que podría ser compacta y transitable, se enfrenta a trancones diarios, altos niveles de ruido y contaminación, y una creciente inseguridad vial.

Una ciudad para la gente requiere calles vivas, no autopistas urbanas; requiere repensar la movilidad como un derecho, no como un lujo.

El paisaje urbano como reflejo del abandono

Barrios sin equipamientos, zonas verdes convertidas en lotes baldíos, arroyos convertidos en basureros.

La degradación no solo es física, también simbólica: se ha perdido la relación afectiva con el espacio común. Cada árbol talado, cada arroyo contaminado, cada cerro ocupado sin control representa una renuncia al futuro.

La ciudad ha permitido que la lógica de la informalidad defina su forma, en lugar de una visión colectiva del bienestar territorial. En los últimos años, la expansión desordenada ha presionado ecosistemas claves, mientras la falta de áreas verdes en los sectores consolidados aumenta las islas de calor y reduce la resiliencia ambiental.

Lo que plantean los postulados urbanos como ciudad humanizada y sostenible, en Sincelejo se convierte en el reto urgente de recuperar la dignidad del espacio urbano.

Del crecimiento al equilibrio territorial

El problema no es que Sincelejo crezca, sino cómo crece.

Las ciudades intermedias tienen el potencial de ser laboratorios del nuevo urbanismo: más ágiles que las metrópolis, más cercanas a su territorio, más capaces de reconectar lo urbano y lo rural. Pero para lograrlo, deben superar el paradigma de la expansión y avanzar hacia el del equilibrio territorial.

Esto implica una transformación profunda en la forma de pensar y gestionar la ciudad. Se requiere un nuevo pacto urbano, donde la planificación sea un proceso vivo y participativo, no un documento archivado. Donde el POT no sea un catálogo de buenas intenciones, sino una hoja de ruta vinculante para la acción pública y privada.

La Sincelejo del futuro debe ser una ciudad de cuencas, no de canales; de corredores verdes, no de vías sin árboles; de barrios mixtos, no de zonas segregadas.Una ciudad que priorice el transporte público, los espacios peatonales, las redes de equipamientos y la integración con los municipios cercanos y con el Golfo de Morrosquillo.

En otras palabras, una ciudad para la vida.

Planificar es un acto de justicia

La crisis actual —del agua, de la movilidad, del medio ambiente— puede ser también una oportunidad. Las ciudades intermedias como Sincelejo están en un punto de inflexión: pueden seguir repitiendo los errores del pasado o convertirse en ejemplos de transformación regional.

Para lograrlo, necesitan liderazgo, conocimiento técnico y participación ciudadana. Requieren fortalecer sus capacidades institucionales y conectar sus proyectos urbanos con una visión regional de desarrollo.

Las urbes no son máquinas, sino organismos vivos. Y como tales, necesitan cuidado, equilibrio y propósito.

El gran reto de Sincelejo no es técnico, es ético.

La planificación territorial es, ante todo, un acto de justicia social. Recuperar el derecho al agua, a la movilidad, al espacio público y a un ambiente sano es también recuperar el derecho a habitar dignamente. Las ciudades del futuro —y las nuestras en particular— deben volver a ser ciudades para la gente: más humanas, sostenibles e incluyentes.

Porque solo cuando la vida cotidiana de sus habitantes se convierte en el centro de la acción urbana, la ciudad deja de ser un caos construido y se transforma en una esperanza compartida.

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