Hay ciudades donde abrir un negocio es un proyecto. En Sincelejo, abrir un negocio es un riesgo emocional. Aquí no se inaugura un local, se hace una apuesta personal. Se apuesta el ahorro, la tranquilidad del hogar, el sueño de independencia y, muchas veces, la estabilidad de toda una familia.
Sincelejo es una capital con más de 320 mil habitantes, pero funciona económicamente como un pueblo grande. Su economía depende principalmente de tiendas, restaurantes, talleres, peluquerías o ventas informales. No hay industria fuerte, no hay turismo consolidado, no hay grandes empleadores privados y cuando una ciudad no produce, el dinero no circula, se recicla.
Las cifras explican muchas de las cosas que el ciudadano siente, pero no logra describir. Sincelejo tiene una de las mayores tasas de informalidad laboral del país: 68,2 %. Es decir, la mayoría trabaja sin estabilidad, sin seguridad social y sin ingresos constantes. Y hay algo aún más revelador, la ciudad se ubica entre las que más desempleo juvenil registra en Colombia.
Traducido a la vida real significa esto: No hay suficiente gente con salario fijo y si no hay salarios fijos, no hay consumo constante. Por eso ocurre algo que cualquier comerciante conoce, hay días en los que un negocio no vende ni para pagar el recibo de luz.
El sincelejano que decide no depender de un empleo casi siempre termina en el mismo lugar, un banco. Y allí empieza la odisea. Para prestar dinero, el banco exige historial crediticio, pero para tener historial crediticio, primero debiste generar alguna fuente de dinero. Es el círculo vicioso perfecto de exclusión financiera.
En Colombia, las mipymes representan el 99% del tejido empresarial, pero apenas el 16% de las microempresas logran acceso al crédito formal, el resto acude a préstamos informales, microcréditos costosos o tarjetas con intereses muy altos.
Por eso en Sincelejo casi todos los negocios nacen endeudados y mueren al poco tiempo. No porque el emprendedor no trabaje, sino porque trabaja demasiado para un sistema financiero que no fue diseñado para ciudades sin industria.
¿Por qué hay tantos locales vacíos? Cualquier recorrido por el centro lo confirma, vitrinas cerradas, avisos de “se arrienda”, negocios que abrieron durante algunos meses y la razón no es una sola, es estructural.
Sincelejo no es una ciudad turística consolidada, y aunque está cerca del mar, no es destino natural de visitantes. El turismo local aún necesita impulso. Tampoco es una ciudad industrial y sin turismo ni industria, el comercio depende casi exclusivamente de los mismos habitantes.
Es decir los negocios dependen de clientes que también están intentando sobrevivir. Ahí nace el miedo a invertir, porque aquí el mayor temor del emprendedor no es fracasar, es quedar debiendo durante 20 años por un negocio que cerró en 12 meses.
Y entonces se nos viene a la mente la comparación inevitable, ¿Por qué Montería logra dinamismo comercial más constante?
No es casualidad, las ciudades intermedias que crecen comparten tres cosas: inversión privada constante, mejor acceso a crédito y mayor formalidad laboral, entonces, cuando una ciudad genera empleo, genera compradores; cuando genera compradores, genera negocios, y cuando genera negocios, vuelve la inversión. Ese círculo virtuoso aún no despega en Sincelejo.
Un error frecuente es creer que la solución es solo lo público. La administración municipal debe facilitar, ordenar, atraer inversión y planificar, pero no puede ser el único motor económico, porque una ciudad donde la principal esperanza laboral es la famosa OPS, está condenada a la dependencia.
Entonces ¿qué pasa con Sincelejo? no es falta de talento, no es falta de ganas y no es falta de ideas. Es una ciudad con baja circulación de capital, alta informalidad, poco acceso financiero y escasa inversión productiva. Una ciudad donde la gente quiere emprender porque necesita hacerlo, no porque el entorno lo facilite y cuando el emprendimiento nace por necesidad y no por oportunidad, la probabilidad de fracaso aumenta.
Este artículo no busca culpables, busca una conversación, porque el sincelejano no quiere subsidios eternos, quiere clientes, quiere oportunidades, quiere que un negocio deje de ser un acto de valentía y pase a ser un proyecto vida y mientras eso no ocurra, cada nueva inauguración seguirá acompañada por la misma frase silenciosa: “Ojalá este sí dure.”