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El Intervencionista

Sincelejo: el sistema del mal.

Quien haya visto con atención la última temporada de Stranger Things en Netflix – si no la han visto los invito a verla-  habrá notado que la serie ya no trata, en el fondo, de monstruos ni de ciencia ficción. Trata de algo mucho más cercano: cómo opera el mal cuando deja de ser un individuo y se convierte en sistema.

Vecna, el villano visible, termina siendo apenas la cara humana de algo más grande. Cree mandar, pero en realidad ejecuta. Cree controlar, pero está controlado. El verdadero poder no está en él, sino en el Mind Flayer, el Desollamentes: una fuerza sin rostro, sin nombre propio, sin biografía, que no gobierna directamente, pero organiza el dominio. No convence; crea dependencia. No ordena; hace que otros obedezcan solos.

Esa idea —la corrupción como estructura sin identidad jurídica, pero con enorme capacidad de control— resulta inquietantemente familiar cuando se observa la política local. Y en Sincelejo, para muchos ciudadanos, esa sensación tiene un nombre propio: Yahir Acuña Cardales.

No como villano de caricatura ni como culpable judicial —eso le corresponde a las autoridades—, sino como figura política que encarna un modo de operar el poder. Un operador que no siempre firma, pero decide; que no siempre aparece, pero controla. Como Vecna, no es el sistema en sí, sino el rostro humano a través del cual el sistema del mal  funciona.

El método no es nuevo, pero sí eficaz. No se trata de imponer valores a la fuerza, sino de cambiarlos por conveniencia. El soborno no siempre llega en sobres; a veces llega en contratos, cargos, promesas, accesos. Así se va formando un equipo no de personas autónomas, sino de voluntades condicionadas. No por ignorancia, sino por dependencia.

En ese escenario, los órganos de control empiezan a perder su razón de ser. No porque la ley desaparezca, sino porque se vuelve maleable. Se crean asociaciones, se delegan funciones, se nombran ejecutores, se fragmentan responsabilidades. El resultado es simple: el que manda no siempre firma, y el que firma no siempre manda.

La relación con las comunidades vulnerables sigue la misma lógica. No se les trata como ciudadanos con derechos, sino como población administrada. Mercados, ayudas, pacas de arroz, obras sin estudios claros ni soporte técnico suficiente se presentan como favores personales. El mensaje es peligroso: no es el Estado el que responde, es “alguien” que protege. Y ese “alguien” usa recursos públicos para construir lealtades privadas.

Incluso la intermediación política tradicional se diluye. Los concejales dejan de ser puentes institucionales y el contacto se hace directo con líderes barriales y comunitarios. No para fortalecer participación democrática, sino para organizar bases de datos, dependencias y silencios. La maquinaria se vende como “democratizada”, pero en realidad se centraliza aún más.

Como en Stranger Things, el verdadero peligro no está solo en la figura visible, sino en la red que la sostiene. El operador se siente intocable porque el sistema le devuelve esa sensación. No necesita imponer límites; aprende a desbordarlos. No gobierna con violencia abierta, sino con dependencia clientelista permanente.

La serie deja una enseñanza que va más allá de la ficción: el mal estructural no se derrota solo señalando personas. Se debilita cuando se entiende cómo funciona. Por eso el grupo de niños no vence por ser más fuerte, sino por saber más. A medida que conocen el Upside Down y entienden el papel de Vecna dentro del sistema, dejan de huir y empiezan a resistir.

En política ocurre lo mismo. La corrupción se alimenta del miedo, de la confusión y de la ignorancia. Cuando la ciudadanía entiende las reglas reales del juego, los mecanismos de control y las formas de dependencia, el sistema empieza a perder eficacia. No desaparece de inmediato, pero encuentra límites.

Sincelejo no enfrenta solo un problema de nombres propios. Enfrenta el riesgo de normalizar un modelo donde el Estado se reemplaza por caudillos, el derecho por favores y la ciudadanía por clientelas. Mientras eso no se nombre con claridad, el sistema seguirá operando, incluso si cambian los rostros.

Nuestro alcalde no gobierna, sino que quirurgicamente opera un sistema servil que bien conoce y que sabe manipular tras la sombra, un sistema que  muestra luz artificial pero que reina en oscuridad y que los ciegos no pueden ver por pura ignorancia o simple conveniencia y que  ciudadanos valientes  que aun tengamos conciencia debemos resistir.

En el 2026 me declaro en resistencia al sistema del mal de Yahir Acuña Cardales.

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