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El Intervencionista

Sin pelos en la lengua.

“El peor enemigo con que puedas encontrarte será siempre tú mismo”, decía Friedrich Nietzsche. Y en Colombia, esta frase parece haberse convertido en una dolorosa verdad. Aquí, si uno se atreve a cuestionar a un funcionario público, inmediatamente es tildado de opositor, de enemigo del gobierno, o se le encasilla en algún partido: liberal, conservador, de derecha, de izquierda o del Pacto Histórico.

Yo no milito en ningún partido. Siempre he sido un ciudadano que opina, que cuestiona, que vota. Y sí, también me he equivocado. Voté por Samper, Pastrana, Álvaro Uribe, Santos y Petro. Nunca he votado por colores, sino por propuestas. Pero en este país eso no parece importar. El debate público se ha degradado al punto en que opinar con honestidad es un acto subversivo.

Amo profundamente a Colombia. Me duele el cinismo de muchos de nuestros gobernantes. Este país tiene un potencial inmenso, pero nuestras élites prefieren mirar hacia otro lado antes que aprender de quienes lo han hecho mejor.

Hoy quiero referirme a un mal que corroe nuestras instituciones desde adentro: la corrupción. Ese cáncer que ha infectado todos los gobiernos, sin excepción. También este, que se presentó como el gobierno del cambio.

Con la llegada de Gustavo Petro a la Presidencia, muchos sentimos un aire nuevo. La transparencia parecía estar en el ambiente, y la esperanza de transformación tocaba a la puerta. Pero los escándalos no tardaron en hacerla añicos.

Empezaron con las presuntas irregularidades en la financiación de su campaña, amplificadas por las explosivas declaraciones de Armando Benedetti, quien advirtió: “Si yo hablo, nos vamos todos a la cárcel”. Luego vino el escándalo del manejo de la Unidad de Gestión del Riesgo, las visitas de Juan Fernando Petro a las cárceles para supuestas negociaciones con bandas criminales y la investigación al actual presidente de Ecopetrol, Ricardo Roa, por presuntos actos de corrupción.

No olvidemos las interceptaciones ilegales —las tristemente célebres “chuzadas”— durante la gestión de Laura Sarabia como jefe de despacho, ni el caso de Nicolás Petro, hijo del presidente, acusado de apropiarse de dineros destinados a la campaña. Los audios de Benedetti hablando con Sarabia, publicados por la Revista Semana, sacudieron al país: “Yo conseguí 15 mil millones de pesos para la campaña”, confesó Benedetti.

Todo esto ocurre mientras el presidente, un hombre que parece honesto, sigue soñando con salvar al mundo desde Colombia. Pero ese sueño tropieza con una realidad cruda: está rodeado de burócratas y operadores políticos que han saboteado su propio gobierno desde adentro.

El exsenador Jorge Robledo, un antipetrista declarado, acaba de publicar un libro titulado Sin pelos en la lengua, una crítica directa al estilo de gobierno del presidente Petro. El título es, quizás sin quererlo, un llamado a lo que el país necesita: hablar con franqueza.

Es hora de que los ciudadanos dejemos de callar. Colombia no necesita más discursos, necesita coherencia. Necesita gobernantes honestos, pero también rodeados de personas íntegras. Porque la corrupción no se combate solo con buenas intenciones, sino con acciones concretas.

 

 

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