Semana Santa: ¿Fe o espectáculo?

En una época de recogimiento espiritual como lo es la Semana Santa, es necesario detenernos a pensar en el verdadero sentido de esta celebración, que nació del testimonio de un hombre humilde, nacido en un pesebre, predestinado —según la tradición cristiana— a salvar a la humanidad de sus pecados.

La historia, tal como la relatan los Evangelios, comienza con María, una joven de origen humilde que recibió del arcángel Gabriel el anuncio de que daría a luz al Hijo de Dios. Sin cuestionamientos, aceptó su destino. Jesús nació en la sencillez de un pesebre y creció alejado de la mirada pública, hasta que un día, siendo apenas un adolescente, sorprendió a los sabios del templo con su sabiduría.

Más adelante, acompañado de un grupo de discípulos humildes, Jesús comenzó a predicar el amor al prójimo y la fe en Dios. Su mensaje fue revolucionario para su tiempo. La Iglesia Católica adoptó como suya la conmemoración de su pasión, muerte y resurrección, estableciendo la Semana Santa como su celebración más sagrada: siete días de oración, ayuno, reflexión y silencio.

Sin embargo, ¿qué queda hoy de ese espíritu?

Lo que vemos en muchas partes del mundo moderno es una banalización de la fe: procesiones convertidas en espectáculos, turismo religioso sin contenido espiritual y una devoción muchas veces centrada más en las imágenes que en el mensaje de Cristo. Hemos hecho de la Semana Santa un carnaval disfrazado de religión.

Jesucristo no está muerto, está vivo en la fe de quienes lo siguen sinceramente. Pero esa imagen doliente del Cristo crucificado, que encabeza las procesiones, parece más una representación del sufrimiento sin sentido que un llamado a la redención. La figura de Jesús ha sido utilizada por religiones e instituciones para justificar intereses propios, negocios disfrazados de fe y manipulaciones sobre las masas ignorantes o desesperadas por un milagro.

Muchos se apegan a las tradiciones paganas o judaicas sin entender su origen, y otros simplemente no leen ni comprenden el mensaje de la Biblia. Jesús fue claro: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie llega al Padre sino por mí». Y, sin embargo, se sigue rezando a María, a los santos, y esperando que ellos intercedan por milagros que sólo Dios puede conceder.

La historia se repite: el hombre no aprende. Jesús vino, cumplió su misión y se fue, pero su legado ha sido distorsionado por líderes religiosos que han hecho de la fe un negocio. El Vaticano, con toda su riqueza, podría alimentar a los niños que mueren de hambre en el África subsahariana. Y mientras tanto, el llamado «representante de Dios en la Tierra» viaja en aviones de lujo, rodeado de una comitiva imponente, como si se tratara de un emperador y no de un servidor.

Los pastores modernos no se quedan atrás. Con sus megaiglesias, jets privados y prédicas sobre «el evangelio de la prosperidad», han convertido la fe en una empresa rentable, alejándose del verdadero mensaje de Jesús, quien caminó con sus apóstoles sin más riqueza que la palabra de Dios.

Jesucristo no fundó iglesias. El concepto del «primer Papa» atribuido a Pedro es un invento posterior, cuando esa figura ni siquiera existía en su tiempo. La verdadera Iglesia es la comunidad de creyentes que vive en fe y verdad, no los edificios ni las jerarquías.

Recordemos, entonces, que Dios está en cada uno de nosotros. No hace falta un templo fastuoso para hablar con Él. La oración sincera, hecha desde el corazón, es el puente que nos conecta con el Padre Celestial. Como lo dijo Jesús: «Yo soy el camino. «Nadie llegará al Padre sino a través de mí».

COMPARTIR
COMPARTIR
COMPARTIR

Más Columnas

Imagen de Perfil

¿Nos ha robado algo la IA? El piano de cola y el músico.

Imagen de Perfil

¡Chengue, el día que el horror rompió el silencio!

Imagen de Perfil

El otro Petro

Imagen de Perfil

La Política es dinámica

Imagen de Perfil

Corralejas en riesgo

Imagen de Perfil

Violencia, microtráfico y territorio (Sincelejo y Sucre)