Reflexiones sobre liderazgo, gratitud y la necesidad de relevo

Hay líderes que nacen para la batalla directa. Que cuando están en la primera línea, mirando a los ojos al país, logran encarnar una esperanza colectiva. Álvaro Uribe Vélez es, sin duda, uno de ellos. Cuando fue candidato, conectó con el miedo, con la rabia contenida, con el deseo profundo de orden y autoridad. Supo leer el momento y el país respondió. Ganó porque el liderazgo era suyo, porque la decisión era personal, porque la voz que se escuchaba era auténtica.

Pero el problema de algunos grandes líderes no es ganar, sino saber cuándo dejar de decidir por todos.

Uribe fue eficaz cuando el proyecto llevaba su nombre, pero errático cuando intentó transferir su poder como si se tratara de una herencia automática. Con Juan Manuel Santos el país entendió que no basta con ganar elecciones, hay que compartir convicciones. Con Iván Duque quedó claro que la corrección técnica no siempre reemplaza el carácter político. En ambos casos, el electorado terminó sintiendo que votó por algo que luego no gobernó.

Hoy, ese desgaste se percibe con mayor nitidez. No solo en análisis académicos o columnas especializadas, sino en la conversación diaria, en la calle, en el ciudadano común que ya no responde a órdenes verticales ni a imposiciones disfrazadas de disciplina. La derecha colombiana no está huérfana de ideas; está cansada de fórmulas que no conectan con la realidad social del momento.

Y es allí donde empieza a sentirse un movimiento distinto. No impulsado desde cúpulas, ni diseñado en escritorios, sino nacido del inconformismo ciudadano, de la necesidad de una voz firme, directa, sin intermediarios ni tutelajes. Una figura que no pide permiso para decir lo que muchos piensan, y que ha logrado algo que hoy parece escaso, entusiasmo genuino desde abajo.

No se trata de romper con la historia ni de negar liderazgos que marcaron una época. Se trata de entender que los ciclos políticos no se prolongan por voluntad personal, sino por sintonía con la sociedad. Cuando un proyecto deja de sumar y empieza a fragmentar, la responsabilidad no es insistir, sino abrir el camino.

Hoy resulta cada vez más evidente que una parte importante de quienes han acompañado históricamente a Uribe sigue leyendo el país con las lentes de una época que ya no existe. No por falta de convicción ni de gratitud (que son reales y legítimas), sino porque los cambios sociales, culturales y políticos han modificado las preguntas que hoy se hacen los ciudadanos. Las soluciones que en su momento ofreció Uribe fueron eficaces para un contexto específico y merecen reconocimiento, pero las circunstancias actuales reclaman respuestas distintas, lenguajes nuevos y liderazgos capaces de interpretar una sociedad más compleja y menos dispuesta a aceptar fórmulas del pasado. Agradecer lo construido no es renunciar a avanzar; por el contrario, es entender que el relevo, asumido con decencia y sin rupturas traumáticas, también puede ser una forma de lealtad.

En ese contexto, cada vez resulta más evidente que el respaldo ciudadano no siempre coincide con las bendiciones tradicionales del poder. Y que, a veces, la verdadera unidad no se construye alrededor de los nombres de siempre, sino de quienes logran canalizar el sentimiento del ciudadano de a pie, ese que ya no quiere intermediarios, ni silencios cómodos, ni candidaturas sin pulso real.

Tal vez el mayor acto de liderazgo hoy no sea señalar a quién apoyar, sino reconocer cuándo el país ya eligió a quién escuchar. Y en ese murmullo que crece desde abajo, en esa adhesión espontánea que no se decreta ni se ordena, muchos empiezan a ver una alternativa que no divide, sino que convoca. Abelardo de la Espriella no aparece como una imposición, sino como un síntoma: el de una ciudadanía que quiere firmeza, coherencia y, sobre todo, una voz que no le hable desde arriba, sino desde su misma realidad.

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