¿Qué pasó con los jóvenes del cambio?

El paro no existió, pero el desencanto sí.

Mientras el gobierno insiste en discursos, miles de jóvenes siguen esperando una política pública real que les abra las puertas al futuro.

El pasado 28 y 29 de mayo se convocó un paro nacional impulsado por sectores del gobierno. Como bien señaló José Manuel Acevedo en su columna “El tal paro no existió”, publicada en El Tiempo, el eco fue tenue: pocas marchas, poca calle y poco respaldo.

Lo que para algunos fue una muestra de debilidad política, para otros refleja algo más profundo: el descontento de quienes creyeron en las promesas de un cambio.

Hoy, más del 20% de los jóvenes colombianos entre 18 y 28 años no estudian ni trabajan, según cifras del DANE. En regiones como la Costa Caribe, la situación es aún más crítica. En Sincelejo, por ejemplo, el desempleo juvenil ya supera el 26,9 %, ubicándola entre las ciudades con mayor desocupación juvenil del país.

La gran mayoría de jóvenes se enfrenta no solo al desempleo, sino también a la exclusión digital, a la falta de formación técnica pertinente y a un mundo que amenaza con reemplazarlos debido al surgimiento de la inteligencia artificial.

Agravando aún más el panorama, durante este gobierno se eliminaron los créditos Colfuturo y se debilitó el acceso a ICETEX, afectando a miles de estudiantes que no tienen otra opción para financiar sus estudios. Además, la política de gratuidad educativa implementada en el gobierno anterior no ha sido fortalecida ni ampliada.

Frente a esta situación, no hay una estrategia nacional seria ni estructurada de inserción laboral juvenil. El país carece de una política pública integral con enfoque territorial, articulada con los sectores productivo y educativo.

Sin embargo, hay ejemplos que muestran que sí es posible actuar. La Alcaldía de Bogotá logró insertar a más de 125,000 personas con barreras de acceso al empleo formal, muchas de ellas jóvenes, gracias a programas como la ruta Bogotá Trabaja y “Todos a la U”.

Lo hicieron con incentivos a empleadores, fortalecimiento institucional y trayectorias formativas pertinentes. Esta experiencia es medible, replicable y debería convertirse en referencia nacional.

A nivel internacional también existen modelos exitosos. En Singapur, el programa SkillsFuture otorga créditos individuales para formación técnica a lo largo de toda la vida, con una oferta alineada al mercado y certificaciones útiles para el empleo real. En Sudáfrica, Harambee Youth Employment Accelerator conecta a jóvenes sin experiencia con oportunidades laborales mediante diagnósticos de habilidades, capacitaciones exprés y plataformas accesibles incluso en zonas rurales.

Colombia necesita una estrategia nacional de empleo juvenil. Una que combine formación técnica pertinente, incentivos a la contratación, programas regionales de trabajo-estudio, subsidios con corresponsabilidad y centros territoriales de empleabilidad.

Pero, sobre todo, necesita capacidad técnica y menos discurso para dejar de improvisar.

El silencio de los jóvenes no es apatía, es decepción. La falta de oportunidades no es un accidente, es una decisión de agenda.

¿De qué sirven los discursos sobre el cambio si se dejaron atrás a quienes más creyeron en ellos?

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