Últimamente me hago tanto esta pregunta: ¿qué nos pasa? Bien dicen que Bogotá es de todos y de nadie a la vez. Pero, ¿cómo es posible que, siendo la capital del país, la ciudad no responda como debería? Y no, no se trata de culpar al gobierno de turno; todo lo contrario. Los ciudadanos no podemos esperar que la política, y los políticos, nos resuelvan todo. Revisando mis notas, justo hace un año escribí “Rescatando la urbanidad en tiempos de crisis”.
Hablaba de la pedagogía del gobierno de Antanas Mockus y del Manual de Urbanidad de Carreño, esa guía de hábitos que varias generaciones tuvieron como norte. Hoy, definitivamente, parece guardado en el fondo del armario.
Me lo pregunto ¿qué nos pasa? cada vez que salgo de casa y, para subir por una calle de un carril, los carros hacen dos o tres filas paralelas, creando un trancón que ya es parte del paisaje urbano.
Me lo pregunto cuando en TransMilenio veo colarse a jóvenes y adultos mayores que, con una peripecia impresionante, se meten por rendijas o se esconden en pequeños espacios mientras el bus llega a la estación. Y también cuando veo montañas de residuos en cada esquina, a pesar de que tenemos un servicio que recoge la “basura” en la puerta y canecas públicas para disponerla.
La reflexión no es otra que preguntarnos qué estamos haciendo, cada uno, para aportar a la ciudad. ¿Necesitamos, los más de diez millones de habitantes, un policía al lado que nos vigile? Nos quejamos del ruido, del tráfico, de los olores, de la inseguridad. Incluso, muchos se han devuelto a sus ciudades de origen como si Bogotá no les hubiera dado suficiente. Lo cierto es que todos somos parte del problema y, por esa misma razón, afortunadamente, parte de la solución.
Al final, la ciudad no cambia por decreto: cambia cuando cambiamos nosotros. Si cada trayecto, cada compra, cada turno en una fila fuera un acto consciente, Bogotá sería otra sin grandes discursos. No es pedir milagros: es no colarnos, respetar el carril, sacar bien la basura y cuidar los espacios. Sencillo, repetido y sostenido.
La ley del más vivo sigue tentando, como también la idea de que “otro” recogerá lo que tiro al piso. Así como hoy los empleadores exigen habilidades blandas y verdes, nuestras ciudades también las necesitan: autocontrol, empatía, cooperación, cuidado del entorno.
Por eso, una campaña bien creada y sostenida de apropiación de la capital sería un buen punto de partida. El eslogan de la administración actual cae como anillo al dedo: “Bogotá, mi ciudad, mi casa.” Si limpiamos nuestros hogares, si nos gusta que huelan rico, que estén organizados y sean acogedores, ¿por qué no hacer lo mismo con la ciudad, esa extensión pública de la casa?
No se trata de señalar, sino de asumir que el derecho a una mejor ciudad va de la mano del deber de cuidarla. La ciudad que exigimos empieza en la puerta de nuestra casa: si cuidamos la sala, cuidemos la calle.