No entiendo cómo la Iglesia Católica, con más de dos mil millones de seguidores en todo el mundo, sigue manipulando y mintiendo.
En pleno siglo XXI, cuando el mundo ha avanzado tanto y la mayoría de los ciudadanos tiene acceso a la información, el Vaticano continúa sosteniendo tradiciones y doctrinas que poco tienen que ver con el mensaje original de Jesús de Nazaret. Es un Estado poderoso, política y económicamente, que ejerce una enorme influencia sobre millones de personas.
En muchos pueblos de Colombia la gente sigue asistiendo a misa y confesándose con un sacerdote, a pesar de que Jesucristo dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre si no es por mí”. Sin embargo, la Iglesia se atreve a proclamarse como la única y verdadera institución fundada por Cristo.
Jesús de Nazaret no vino a fundar religión alguna. Vino a enseñar amor, verdad y justicia. Pero la Iglesia Católica, a lo largo de los siglos, ha mezclado tradiciones paganas con la fe cristiana, presentándolas como palabra de Dios. Su catecismo recoge muchas de esas prácticas humanas, no siempre fieles a las Escrituras.
Si uno se toma el tiempo de investigar, encuentra muchas contradicciones: bautizan a los niños, cuando Jesús fue bautizado a los 33 años; vendían indulgencias, promovieron cruzadas que quitaron vidas y se enriquecieron a costa de la fe del pueblo. Por estas razones nació la Reforma Protestante, donde no había sacerdotes, obispos ni papas, sino creyentes que leían la Biblia y buscaban una relación directa con Dios.
Jesús no vino a crear iglesias ni religiones. Los pastores que surgieron después comenzaron a leer la Biblia junto con sus fieles y comprendieron que la verdadera iglesia está dentro de cada persona. No reconocen al Papa ni creen en ese hombre que vive rodeado de riquezas en el Vaticano. Dicen, con razón, que si Cristo vino humilde, andando con los pobres, el Papa no debería desplazarse en avión privado ni vivir en palacios custodiados.
A pesar de todo esto, la gente sigue aferrada a la Iglesia Católica. En parte, porque la necesidad de creer en un ser superior está en nuestra naturaleza. La gente necesita confiar en algo, o mejor, en alguien: el “Yo Soy”.
Cuando los españoles llegaron a América, los pueblos originarios ya tenían sus dioses y sus propias creencias. Pero la imposición de la fe católica cambió para siempre el rumbo espiritual de este continente.