Pobre Presidente

Tal vez nunca antes en Colombia se había vivido una situación tan compleja en la antesala de unas elecciones presidenciales como las que se vislumbran para 2026.  Los partidos tradicionales —Liberal y Conservador— están fragmentados, lejos de lograr una gran coalición que, posiblemente, sería lo único capaz de salvarlos de la derrota.

Hasta ahora, no hay un precandidato presidencial con liderazgo propio o verdadero carisma.  Podría decirse que no hay por quién votar, exceptuando a Sergio Fajardo, un viejo conocido que fue un buen alcalde de Medellín y un buen gobernador de Antioquia.

El Centro Democrático, con sus precandidatas —las senadoras María Fernanda Cabal y Paloma Valencia— solo logró cierta atención mediática a raíz del atentado contra el senador Miguel Uribe Turbay.  La derecha y la ultraderecha parecen haberse quedado sin propuestas concretas y sin un discurso renovado.

Por su parte, la izquierda tampoco se muestra sólida.  Sus posibles candidatos, como Gustavo Bolívar, el exalcalde de Medellín Daniel Quintero o el exgobernador de Magdalena Carlos Caicedo, tampoco logran conectar masivamente con el electorado.  El Pacto Histórico definirá a su candidato presidencial el 26 de octubre mediante una consulta popular, y se rumorea que habrá sorpresa: el elegido podría no ser del Pacto, sino Roy Barreras.

Cambio Radical tampoco tiene un precandidato visible, a menos que, a última hora, decidan postular a su gran jefe, Germán Vargas Lleras, quien ya fue vicepresidente durante el gobierno de Juan Manuel Santos.  A esto se suman los “candidatos invisibles”, esos que figuran poco o nada en las encuestas, como la periodista Vicky Dávila.  Con un discurso limitado que gira en torno a un solo nombre —Petro—, ha ganado notoriedad por su amplia exposición como directora de la revista Semana.

A veces incluso aparece en las encuestas de firmas como Guarumo.

Lo cierto es que, mientras el pueblo no adquiera una verdadera cultura política y aprenda a votar con conciencia crítica, será difícil que se consoliden los cambios estructurales que el país necesita.  Algunos avances tangenciales logrados por la izquierda bajo el gobierno de Gustavo Petro han enfrentado una férrea oposición de grandes medios como Caracol, RCN, La W y la prensa escrita.

Sin embargo, el presidente también ha sido víctima de sí mismo.  Sus discursos erráticos y salidas delirantes, que parecen más intentos por hacerse viral que por gobernar con claridad, lo han desgastado.  ¿Cómo entender que haya dicho que traerá la Estatua de la Libertad a Colombia o que “ningún negro” le dirá a quién nombrar?

Un hombre que lucía tan inteligente como senador de la República se ha reducido —lamentablemente— a su mínima expresión.

Pobre presidente.

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