El caso Sincelejo–Corozal
Las lluvias de los últimos días han vuelto a dejar al descubierto una realidad incómoda en nuestras ciudades intermedias. Sincelejo y Corozal, por enésima vez, se encuentran inundadas. Calles convertidas en ríos, viviendas anegadas, redes colapsadas, familias evacuadas. La escena se repite año tras año con una precisión que solo la falta de planificación puede garantizar.
Más allá de la emergencia, lo que estamos presenciando es el reflejo de un modelo urbano que ha crecido de espaldas a la naturaleza. Durante décadas hemos permitido la ocupación de zonas inundables, la canalización de arroyos sin enfoque ambiental y la pavimentación indiscriminada de suelos que antes absorbían el agua. A esto se suma la desidia institucional: los arroyos se tapan, las obras se anuncian y los planes se archivan cuando cesa la lluvia.
El caso de Sincelejo es emblemático. Cada vez que cae un aguacero fuerte, la ciudad colapsa. Los sistemas de drenaje son insuficientes y los arroyos —que deberían ser ejes verdes de integración ambiental— se han convertido en vertederos de basura. En Corozal, el arroyo Grande vuelve a desbordarse con furia, mientras sus bordes siguen ocupados por viviendas y comercios que se levantaron al margen de cualquier norma urbanística. La naturaleza, que no olvida su cauce, se encarga de recordarnos los errores de gestión.
Estas inundaciones no son simples fenómenos naturales: son el resultado acumulado de decisiones políticas, técnicas y sociales que no han entendido que planificar el territorio es también una forma de proteger la vida. No basta con declarar la calamidad pública, entregar colchonetas y esperar que escampe. Se necesita una nueva cultura de gestión del riesgo que integre la planificación urbana con la gestión ambiental y el cambio climático.
Ciudades como Sincelejo y Corozal deben avanzar hacia un modelo de desarrollo urbano resiliente, donde el agua deje de ser vista como enemiga y empiece a ser tratada como aliada. Las soluciones existen: infraestructura verde, jardines de lluvia, restauración de humedales, parques inundables, suelos permeables. Experiencias en todo el mundo han demostrado que estas medidas pueden reducir hasta en un 30% los impactos de las lluvias intensas. Pero requieren voluntad política, continuidad institucional y participación ciudadana.
Cada inundación debería servirnos como recordatorio de lo que no hemos querido planear. La emergencia puede —y debe— convertirse en una oportunidad para repensar nuestras ciudades. No se trata solo de drenar el agua, sino de reordenar el territorio, de reconciliarnos con el paisaje, de entender que sin gestión del suelo no hay sostenibilidad posible.
El futuro de nuestras ciudades dependerá de la capacidad que tengamos para aprender de estas crisis y transformarlas en políticas públicas coherentes. O seguimos actuando después del desastre, o empezamos a construir desde ahora territorios que sepan convivir con el agua sin ahogarse en la improvisación.