“Ningún hombre es tan tonto como para desear la guerra y no la paz; pues en la paz los hijos llevan a sus padres a la tumba y en la guerra son los padres quienes llevan a sus hijos a la tumba”.
Heródoto de Halicarnaso. Historiador griego.
En estos momentos en que Israel e Irán vienen teniendo un conflicto histórico de proporciones inimaginables. Vemos como la indiferencia del mundo observa el desarrollo y despliegue armamentístico entre estos dos países de Oriente Medio.
Si bien es cierto que en Colombia estamos muy lejos de lo que sucede entre estos dos países en confrontación, no menos cierto es que en nuestro país estamos en un momento de dificultad con el terrorismo, pero parece que no nos importa.
Imaginaría que a muchos compatriotas les interesa más la suerte de los israelitas y de los iraníes que la de nosotros mismos.
Nos mantenemos en ese círculo de violencia que, por razones de la pobreza, por la tierra, por la redistribución de la riqueza, las guerrillas, las bandas criminales, el narcotráfico, es redundante, porque todos estos hacen lo mismo; o por lo que los teóricos digan; insistimos en hacernos daño, en matarnos entre sí.
Les resulta poco adecuado hacer una comparación entre lo que sucede en Oriente Medio y lo que pasa en Colombia; se preguntarán ustedes qué puede tener en común la inveterada lucha por razones religiosas, pero hoy asoman las verdaderas intenciones, que son la lucha por la supervivencia y el evitar el auge de la carrera armamentista nuclear, que pone en riesgo no solo a la zona, sino al mundo.
¿Qué tienen en común lo que sucede en Oriente Medio con lo que sucede en Colombia?
Dirán ustedes, queridos lectores, que estos escenarios son totalmente disímiles, pero me gustaría plantear algunas reflexiones sobre particularidades entre las violencias entre unos y otros.
Lo que algunos creerían que, por razones religiosas, para otros achacan al riesgo que genera Irán en materia nuclear, poniendo en peligro no solo a la región, sino al mundo.
Israel, un Estado democrático, vs. Irán, una teocracia fundada en el cumplimiento de una ideología islámica y con una manera muy restringida de dejarse influenciar por las costumbres de Occidente.
Por esta razón, observo como inusual y a nuestro modo de ver difícil de entender cómo sectores de la sociedad colombiana defienden a regímenes totalitaristas que cercenan derechos fundamentales, es decir, por ejemplo, las restricciones que tienen las mujeres desde cómo se visten hasta cómo debe ser el trato hacia ellas.
Peor aún, la zozobra que genera esta ideología contra las costumbres de Occidente y el riesgo latente de ser atacados por extremistas de quienes apoyan a Irán por recibir financiación y apoyo en formación en ataques contra la población de grupos terroristas como Hezbola, Hamás en Gaza, milicias en Irak y Siria, que sirven como caja de resonancia a sus intereses bélicos.
En nuestro país no podría ser peor. Esta crónica se repite con un matiz diferente, pero con los mismos principios u orientaciones: las guerrillas de las FARC o el ELN, disidencias, bandas criminales y todos los sectores al margen de la ley se enfrentan y desafían permanentemente a las fuerzas armadas. Han librado una guerra prolongada contra el Estado colombiano, justificada por el incremento de estos últimos años en los cultivos ilícitos y su intento expansionista, territorialmente hablando.
Fíjense ustedes que, de la misma forma como sucede en Medio Oriente, la lucha no es únicamente frontal. Se caracteriza por ataques selectivos, emboscadas, secuestros contra miembros de la fuerza pública y de los particulares y la instrumentalización de comunidades enteras, como sucede en el Cauca (El Tambo) por el hecho del uso estratégico del cañón del Micay.
Vemos entonces el primer punto de encuentro entre lo que sucede en Oriente Medio: la guerra por delegación. Israel y sus aliados occidentales acusan a Irán de desestabilizar la región a través de terceros; tal y como sucede en Colombia, en donde los elementos que generan alteración en el orden público dentro de los territorios vienen utilizando a los ciudadanos que no tienen nada que ver en el conflicto como escudos humanos, para evitar que la fuerza pública los confronte militarmente; por esta razón, a través de amenazas buscan encerrar a las poblaciones porque saben que el Derecho internacional humanitario y los derechos humanos protegen a la población civil en el conflicto interno.
Otro punto de similares condiciones radica en la forma de como existe una latente sensación de peligro por existir. Mientras que, para el estado israelí, se suele escuchar la historia de Irán sobre la «muerte a Israel”, vemos cómo este acto, no solo de manifestarlo, sino de implementar su desarrollo en actividades nucleares, pone en riesgo inminente no solo a Israel, sino a todos sus vecinos y al resto de países que pretenden mantener a sus estados en tiempos de paz. Esta amenaza es latente contra la existencia de la especie humana.
Peor aún, desarrollan acciones nucleares sin estar autorizados para ello.
En lo equivalente a Colombia, los más de 50 millones de habitantes de este país ven a las guerrillas y grupos al margen de la ley como un elemento que desestabiliza al estado colombiano, a sus medios de producción legal; son una amenaza permanente para todo el mundo, o si no, miren nada más con el atentado del senador Miguel Uribe Turbay.
Ponen en riesgo la seguridad, la convivencia ciudadana porque el problema es que no solo es en la zona rural, sino en las ciudades que se creían seguras, porque los organismos de seguridad del estado trabajan permanentemente, pero son tan vulnerables que generan zozobra a la ciudadanía y, sobre todo, deterioran la confianza en sus instituciones.
La existencia de un tercer elemento, como es la intervención de actores externos.
Está muy claro que en nuestro país el conflicto interno ha sido entre las guerrillas, paramilitares, bandas criminales, narcos; vienen de un extenso pasado y hoy mantienen su accionar tanto en Colombia como en países vecinos, que les permiten a estos el tráfico de narcóticos y de armamento bélico, al igual que de corredor estratégico para entrar y salir de nuestro país sin ser vistos por las autoridades, ocasionando, por supuesto, problemas con nuestros países vecinos porque, al momento de perseguir a estos grupos delincuenciales, se producen dificultades con los gobiernos de los otros países por las incursiones de la fuerza pública queriendo combatir el crimen transnacional.
Porque no solo se trata de narcotráfico, también de terrorismo, tortura, secuestro, extorsión, reclutamiento de niños, desplazamiento forzado, etc.
Para el caso de Medio Oriente, la injerencia de terceros se ve reflejada en países fuertes, militarmente hablando, y ricos que provocan acciones más difíciles por lo que representan dentro del aspecto de la geopolítica y las actividades comerciales. Estos elementos terminan teniendo injerencia sobre estos territorios por los intereses que deben proteger.
Como colofón de lo anterior, tenemos el parecido más triste, que no es otro que el tratar de insistir e insistir en una paz duradera y estable, que termina fastidiando a todos, no solo a los actores del conflicto, sino a los perjudicados que nada tienen que ver con esta guerra; es el agotamiento que produce el hablar de paz y de paz.
Está claro que, tanto en Medio Oriente como en Colombia, se han intentado muchas veces, con muchos mediadores, no solo conversaciones, compromisos y acuerdos tendientes a conseguir paz, pero el resultado no ha sido el mejor. Las negociaciones con los insurgentes en Colombia, además de traer dolor y rabia, nos producen a los ciudadanos impotencia.
Este es un camino de espinas y con los pies descalzos.
Nos hemos sentido burlados porque a las guerrillas, los disidentes, los bacrim se les ha dado muy largo y lo único que consiguen los Gobiernos son incumplimientos y, peor aún, el recrudecimiento en la violencia contra una ciudadanía indefensa, sometida por las amenazas, los asesinatos y todos los delitos que se puedan imaginar.
Así se ve en Medio Oriente, esfuerzos de países que no quieren que se siga atentando contra civiles indefensos, niños, ancianos y demás personas protegidas por el derecho internacional de los derechos humanos.
En vez de tomar partido, alentando a uno u otro, lo que debemos hacer es aunar esfuerzos para bajar la presión que existe, pedir que saquen a las víctimas de esos campos de guerra que son las ciudades atacadas. No tienen nada que ver con la guerra las personas y por qué tienen ellos que asumir las consecuencias de los actos hostiles de las partes enfrentadas.
Ojalá que los países desarrollados digan que quieren aportar no solo territorios neutrales para establecer asentamientos humanos, con el fin de alejarlos de las zonas en conflicto, sino que aporten económica y diplomáticamente con el fin de disipar esta estúpida guerra, que acaba con familias enteras, economías, aparatos productivos y extingue las sociedades.
Para concluir esta columna, nos parecemos tanto en lo que sucede en Israel e Irán con Colombia, que las guerrillas, las bacrim y el narcotráfico, a pesar de que no vivimos una guerra religiosa, sí tenemos puntos de convergencia. Esto es, debemos evitar los que pretenden buscar el aniquilamiento de la sociedad, borrar las costumbres, la cultura, evitando tener un futuro próspero y afectar la fuerza productiva con las secuelas psicológicas y físicas que provoca la guerra a nuestros conciudadanos.
Debemos estar preparados para superar la guerra; necesitamos apoyo internacional en la mediación, la diplomacia y el desarme preventivo que tanto daño nos hace.
Debemos demostrar que no vivimos en la edad de piedra, en donde, desde el neolítico, se han encontrado evidencias en esqueletos con marcas de heridas de guerra y en cementerios con muchos individuos, cuyo común denominador son las huellas de la violencia.