Orgullosos de ser

Para mi generación, la diversidad sexual y de género siempre ha estado encima de la mesa.

Nunca vimos lo sexual como algo pecaminoso o tabú, pues la cultura popular y las clases de educación sexual en algunos colegios nos permitieron cuestionar los discursos hegemónicos que se cernían sobre nuestro cuerpo y que dirigían nuestro deseo.

Lo que nos hizo simpatizar con la búsqueda de derechos y conversaciones que promovía la comunidad LGBT+ en Estados Unidos, pero que, gracias a la música, las series, las películas, las redes sociales y la globalización detrás de todos estos productos, se exportó a una necesidad para todos los rincones del mundo.

La lucha por los derechos no empezó con nosotros.

Muchos recordarán que Madonna en el 82 incomodó en su momento al hablar de VIH y de sexo de forma explícita, pero en el 2010 hubo una segunda oleada donde artistas como Lady Gaga y Marilyn Manson eran criticados por ser extraños, juzgados de ser trans y, al mismo tiempo, celebrados por una juventud incipiente que empezaba a reclamar visibilidad de la diversidad.

En un principio, las movilizaciones sociales buscaban reclamar el derecho al matrimonio o la adopción por parte de parejas del mismo sexo.

Algunos adultos creían que con obtener esos derechos la marcha y el movimiento irían desapareciendo, pero lo que sucedió fue todo lo contrario.

En el 2020, cuando todos estábamos encerrados e hipervigilantes con nuestros cuerpos, se viralizaron en TikTok y X las discusiones en torno al género, la raza y el sexo.

Las empresas empezaron a verlo como una oportunidad de conseguir clientes, e hicieron lo que se denominó como rainbow washing, que consiste en poner la bandera sobre su logo diciendo que apoyan a la comunidad, pero sin tener políticas internas que ayudaran realmente a la comunidad.

Nuestra generación siempre ha despreciado los discursos vacíos que no llevan a acciones, por eso el Ministerio de la Igualdad tiene tan poca acogida entre los jóvenes, pues se ha quedado en discursos que no los han ayudado a tener más oportunidades educativas o laborales, ha olvidado el pliego de peticiones del 2021 y ha desconocido la diversidad.

Los jóvenes vamos directo a las acciones y por eso algunos rechazaron que la marcha estuviera cooptada por el mercado y crearon en paralelo una antimarcha que ya no buscaba solo visibilizar la diversidad o la búsqueda de derechos, sino exponer también la violación de los mismos que había acarreado muertes, pérdidas de trabajo, actos de violencia y discriminación.

En 2025 ha habido un cambio en este devenir, pero no es porque los jóvenes ahora simpaticen con ideologías de derecha o hayan dejado de lado la búsqueda de los derechos, sino porque la visibilización ha creado estereotipos que cierran las puertas a la discusión.

Muchos adultos no entienden por qué marchamos, no comprenden qué es ser no binario o bisexual y lo ven como una pataleta juvenil cuando uno de cada cuatro jóvenes entre 18 y 24 años se describe de esa manera con el fin de huir del encasillamiento castrante de la sociedad.

Hoy los jóvenes no dicen «Estoy orgulloso de ser lesbiana, gay, bisexual, trans», sino que propenden por el «Estoy orgulloso de ser», esperando que sea la sociedad la que decida cambiar sus expectativas sobre nuestros cuerpos y nuestros gustos, esperando que la expectativa sea de humanos que se relacionan con otros y crean acuerdos a su medida y no de una súplica constante al Estado para que se desmarque de una moral paralizante que nos permita vivir.

COMPARTIR
COMPARTIR
COMPARTIR

Más Columnas

Imagen de Perfil

¿Nos ha robado algo la IA? El piano de cola y el músico.

Imagen de Perfil

¡Chengue, el día que el horror rompió el silencio!

Imagen de Perfil

El otro Petro

Imagen de Perfil

La Política es dinámica

Imagen de Perfil

Corralejas en riesgo

Imagen de Perfil

Violencia, microtráfico y territorio (Sincelejo y Sucre)