En nuestro país, donde lo urgente (seguridad, empleo, agua) siempre desplaza a lo demás, hablar de la ONU pareciera lejano. Pero no lo es. La Carta de las Naciones Unidas nació en 1945 para someter la fuerza a reglas y proteger la dignidad humana.
Ocho décadas después, esa promesa sigue siendo la mejor defensa de los países menos poderosos: que haya normas, foros y verificación internacional cuando las potencias o los grupos armados imponen su ley. La discusión volvió a primera plana tras los comentarios de Donald Trump cuestionando la utilidad de la ONU; más allá de la polémica, reflejan un malestar ciudadano: ¿para qué sirve si no detiene las guerras?
La ONU importa porqueequilibra la cancha. En la Asamblea General, cada Estado vale un voto; allí se construyen consensos, se visibilizan abusos y se fijan estándares (derechos humanos, ayuda humanitaria, clima). Y en el día a día, sus agencias vacunan, atienden emergencias, financian agua y saneamiento y acompañan procesos de paz. Para un territorio como el nuestro, eso se traduce en hospitales con equipos donados, proyectos de adaptación costera, formación para funcionarios y redes de alerta ante desastres, entre otras cosas.
¿Dónde falla? Sobre todo frente a las guerras. El veto de cinco potencias en el Consejo de Seguridad bloquea decisiones. Lo vemos hoy en Gaza, Ucrania, Venezuela y otras crisis: hay mayorías que piden protección a civiles, corredores humanitarios o elecciones verificables, pero el Consejo se queda atrapado en vetos cruzados.
A eso hay que sumarle misiones con mandatos desbordados y presupuestos inciertos. El resultado: resoluciones que llegan tarde y con poca fuerza, guerras eternas que no dan tregua.
Aun así, y con este mundo como está, desmantelar la ONU sería un error. No hay otra instancia con legitimidad universal para coordinar ayuda, mediar y poner reglas comunes. El dilema no es “ONU sí o no”, sino “ONU cómo”. Para ello, se deberían revisar cinco temas:
- Diplomacia y multilateralismo con resultados: menos cumbres de foto y más acuerdos medibles.
- Limitar el veto en atrocidades masivas: que las potencias se abstengan de bloquear acciones cuando haya genocidio o crímenes de guerra.
- Usar la “Unión pro Paz”: si el Consejo se atasca, que la Asamblea recomiende medidas para no normalizar la inacción.
- Actualizar el Consejo de Seguridad: el mundo de 1945 pasó; África y América Latina deben tener voz y voto reales.
- Finanzas predecibles: sin aportes estables no hay cascos azules, ni fondos humanitarios, ni acción climática.
La conclusión es sencilla: la ONU sirve cuando se usa bien. El mundo necesita reglas que protejan a los más vulnerables, una diplomacia que cierre brechas y compromisos que se traduzcan en resultados en las ciudades y en el territorio.
Más que desecharla o idealizarla, conviene apostar por reglas claras, cumplimiento real y cooperación que aterrice en proyectos. Ese es el multilateralismo que le conviene a la ciudadanía: convertir promesas globales, como el Acuerdo de París, en acciones y obras locales medibles.