Las pretensiones de los dioses por mostrarse empáticos con los mortales han sido una constante en las diferentes mitologías.
Quizá las más recordadas (al menos para mí) son las narrada por los nórdicos con su dios Odín y los griegos con su “omnipotente” Zeus dios del Olimpo, sin embargo, me retumba en la cabeza Odin por que sarcásticamente se relación más con el “Olimpo”.
Odín, “el padre de todo”, permaneció en una búsqueda constante por experimentar sensaciones humanas.
Tal vez lo hacía con un fin “loable”, pero en el fondo era egoísta: quería sentir dolor, fragilidad y el conocimiento adquirido con sacrificio.
Contrario a lo que muchos pudieran pensar, Odín no era un dios amado.
Ese afán de sentir como humano no respondía a compasión, sino a la satisfacción de su propia voluntad. Era visto como astuto y manipulador, alguien que buscaba conocimiento y poder incluso a través de engaños o sacrificios crueles.
Cuando conocí la vida de este personaje mitológico, de inmediato encontré similitudes con los “dioses” de nuestra criolla mitología.
Me sorprendió la coincidencia.
La literatura relata que Odín era un apasionado de los caballos, símbolos de grandeza para él.Sleipnir, su caballo de ocho patas, era la criatura prodigiosa que lo llevaba a recorrer los nueve mundos.
Para Odín, los caballos eran sinónimo de movilidad, dominio y astucia: un medio para estar siempre un paso adelante de los demás. En ese instante pensé que, en nuestro propio departamento, la mitología nórdica se había quedado corta.
Aquí también tenemos jinetes que imitan a Odín.
Ciertos políticos regionales parecen jugar el mismo papel. Se exhiben como jinetes de prestigio, rodeados de caballos que muestran como trofeos de nobleza y poder. Como Odín, recurren al engaño: prometen más de lo que cumplen, venden eficacia que no poseen y disfrazan de grandeza lo que apenas es espectáculo.
En épocas electorales, pareciera costumbre que los dioses pretendan sentirse más humanos.
Generan una falsa empatía con las necesidades del pueblo, muchas de ellas provocadas por ellos mismos. Y, lamentablemente, esa estrategia sigue siendo eficaz en las urnas.
Pero así como Odín, con todo su poder, terminó en las fauces de un lobo, los políticos con ínfulas de dioses deberían tomar nota. Ningún mito se sostiene para siempre.
Podrán pasearse en caballos finos, prometer eternidad y jugar a ser intocables.
Sin embargo, tarde o temprano aparece el “Fenrir” del pueblo: cansado y hambriento de justicia. Cuando eso ocurra, no habrá engaño ni desfile que los salve. Así como Odín cayó en manos del lobo, también caen los falsos semidioses de la política.
Sucede cuando el pueblo deja de creerles.