En Sincelejo, cuando cae la tarde y el calor se rinde apenas lo suficiente para que la brisa se atreva a caminar por las calles, empieza a escucharse algo más que el murmullo cotidiano: nombres. Nombres que van y vienen como ecos en una ciudad que, sin saberlo del todo, ya entró en campaña.
Y entonces, como en las mejores películas, la realidad se empieza a parecer peligrosamente a la ficción. Porque hoy, Sincelejo se siente como una Ciudad Gótica. No por sus sombras, sino por su incertidumbre. No por sus villanos que algunos insisten en ver en cada esquina sino por esa eterna pregunta que flota en el ambiente: ¿quién va a salvarnos?
Hay quienes miran hacia el empresariado, esperando que de entre oficinas, balances y decisiones estratégicas emerja un Bruce Wayne criollo. Un hombre o mujer con visión, con recursos, con carácter, capaz de ponerse la capa invisible del liderazgo y enfrentar lo que durante años ha sido aplazado.
Pero en esta historieta hay algo que ya no cuadra. Los sincelejanos estamos cansados. Cansados de promesas que suenan como trailers espectaculares, pero terminan siendo películas sin final.
Cansados de discursos que prometen una ciudad de primer nivel mientras seguimos viendo cómo otras capitales vecinas avanzan, crecen, se transforman y nosotros, desde esta Gótica caliente, las miramos con una mezcla de admiración y una punzada incómoda de envidia.
Sí, envidia. Esa que no se dice en voz alta, pero que se siente cuando viajamos y vemos lo que podríamos ser. Esa que nos susurra que el problema no es falta de talento, ni de gente berraca, ni de oportunidades, sino de rumbo.
Y es ahí donde la historia se pone peligrosa. Porque cuando una ciudad se acostumbra a comparar su presente con el progreso ajeno, corre el riesgo de convertirse en espectadora de su propio destino. Y Sincelejo no nació para ver cómo otros escriben los mejores libretos.
Pero cuidado, porque en esta historia lo último que necesitamos es un Joker disfrazado de sonrisa fácil, un Guasón experto en el caos o un Pingüino que negocie en las sombras mientras promete orden en la superficie. Sincelejo ya ha visto demasiados personajes que confunden el poder con espectáculo y el espectáculo con gestión.
Tal vez y aquí es donde la narrativa da un giro inesperado, lo que necesitamos no es otro Batman, quizás necesitamos una Batichica. Una figura que rompa el molde, que desafíe la costumbre, que nos obligue a entender que el liderazgo no tiene género sino carácter.
Porque si algo ha demostrado esta tierra es que las mujeres no solo sostienen hogares, sostienen economías, levantan negocios, construyen comunidad. Y sí, también pueden cambiar la historia de una ciudad que lleva años pidiendo un nuevo capítulo.
Pero incluso esa idea se queda corta si no nos hacemos la pregunta más incómoda de todas: ¿Y si el problema nunca ha sido la ausencia de héroes sino la costumbre de esperar que alguien más venga a salvarnos? Porque tal vez Sincelejo no necesita una batiseñal en el cielo, tal vez necesita una señal en la conciencia. Una que nos despierte del letargo elegante en el que a veces caemos.
No hay ciudad que avance si su gente no avanza primero, no hay alcalde que transforme si su ciudadanía no acompaña, no hay futuro que se construya desde la queja permanente y la indiferencia disfrazada de costumbre.
A nuestro actual mandatario le queda año y medio. Tiempo suficiente para cerrar con dignidad, pero también para recordarnos que el verdadero cambio no se mide en periodos, sino en procesos. Y mientras el sonajero político sigue sonando cada vez más fuerte, cada vez más cerca, la ciudad observa, opina, especula, pero aún no decide.
Y ahí está el punto, porque quien tome las riendas de esta “Ciudad Gótica” costeña tendrá un reto que no cabe en un plan de gobierno: tendrá que reconciliar a la ciudad con su propio potencial. Tendrá que hacernos dejar de mirar con envidia a las capitales vecinas, para empezar a mirarnos con orgullo a nosotros mismos.
Pero aquí viene el giro final, el que no siempre aparece en las las películas que ganan un Oscar. Tal vez Sincelejo no necesita a Batman, ni a Robin o ni siquiera a una Batichica. Tal vez Sincelejo necesita algo mucho más poderoso y, al mismo tiempo, más difícil, sincelejanos que dejen de aplaudir promesas y empiecen a construir realidades.
Porque el día que dejemos de esperar héroes, ese día y solo ese día, esta historia dejará de ser ficción y empezará, por fin, a ser realidad.