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El Intervencionista

Narrativas para Idiotas

La política siempre ha sido una disputa por el poder, pero antes de conquistar el poder hay que conquistar el relato. Existe un principio de propaganda ampliamente atribuido a Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del régimen nazi, que resume esa lógica: «una mentira repetida mil veces termina convirtiéndose en verdad».

Más allá de la discusión sobre la literalidad de la frase, lo verdaderamente importante es el método que representa: sustituir el debate por la repetición, reemplazar los hechos por emociones y lograr que una afirmación, por falsa que sea, termine aceptándose simplemente porque se escucha una y otra vez. Esa estrategia constituye hoy una de las herramientas políticas más utilizadas por el progresismo para mantener vivas narrativas que difícilmente resisten un análisis serio de los hechos.

En lugar de responder con argumentos, se opta por inundar las redes sociales con consignas cuidadosamente diseñadas para moldear la opinión pública. La velocidad de la propaganda sustituye la paciencia que exige verificar la información y el objetivo deja de ser convencer mediante la evidencia para pasar a imponer una percepción colectiva.

Cuando una mentira se repite por dirigentes políticos, influenciadores, medios afines y miles de militantes al mismo tiempo, termina adquiriendo apariencia de verdad para quienes nunca se detienen a contrastarla. Ese mecanismo de propaganda ha sido adoptado por buena parte de la izquierda como instrumento de movilización política, bajo la premisa de que sus seguidores repetirán el relato sin someterlo al escrutinio de los hechos.

Los ejemplos recientes ilustran esta dinámica. Se difundió ampliamente la afirmación de que el presidente electo no pagaba impuestos, apoyándose en una lectura parcial de su declaración de renta, cuando el mismo documento registraba un anticipo tributario por una suma considerable. También se atribuyó de manera inmediata al viaje del vicepresidente electo a Estados Unidos la decisión de ese país de aumentar aranceles, pese a que esa política comercial respondía a un proceso previo.

Finalmente, la izquierda promueve la desobediencia civil como respuesta al resultado electoral, presentándola como un acto de patriotismo cuando, en realidad, constituye una manifestación contraria al ejercicio democrático y al respeto por las instituciones de la República. Cada uno de estos episodios merece ser discutido con información verificable y contexto, no únicamente mediante consignas que buscan reforzar la identidad del propio grupo.

La consecuencia más preocupante de esta forma de hacer política no es que existan narrativas; toda corriente política las construye. El verdadero riesgo aparece cuando se deja de formar ciudadanos críticos para formar repetidores de consignas. Una democracia necesita personas que contrasten fuentes, cuestionen incluso a los dirigentes con los que simpatizan y estén dispuestas a cambiar de opinión frente a la evidencia.

Cuando una organización política espera obediencia antes que reflexión, deja de tratar a sus seguidores como ciudadanos y comienza a tratarlos como simples instrumentos de movilización.

Por eso, la batalla cultural no consiste en responder una consigna con otra, sino en reivindicar el valor de la verdad frente a la propaganda. La mejor defensa de una sociedad libre no es el fanatismo, sino el pensamiento crítico; no es el aplauso automático, sino la capacidad de preguntar; no es repetir, sino comprender. Una ciudadanía que renuncia a pensar entrega voluntariamente su libertad a quien controle el relato. En cambio, una ciudadanía que lee, verifica, debate y razona se vuelve mucho más difícil de manipular.

Las narrativas pueden ganar una elección, una tendencia en redes o un titular de prensa; pero solo la verdad puede sostener una república libre. Y la verdad jamás teme al debate, porque su mejor aliada no es la propaganda, sino la evidencia. Por eso una democracia necesita ciudadanos críticos, no idiotas útiles.

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