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El Intervencionista

Mi cruzada

Las Cruzadas era el nombre que los evangelizadores de la Edad Media daban a las guerras religiosas, cuyo fin era convertir pecadores y sumar adeptos a la fe.

Hoy entendemos una cruzada como un esfuerzo grande, guiado por un propósito superior, para ir por el mundo inspirando a otros. En un artículo reciente mencioné que quería emprender una cruzada para defender el buen nombre y la inocencia de mi papá.

Como una diosidencia, una coincidencia guiada por Dios, la inicié sin proponérmelo: este viaje que relataré puso a prueba mi resistencia física y mental, y fue un reto integral del que salí victoriosa.

Durante el último mes emprendí una peregrinación mariana dedicada al fortalecimiento espiritual. En el silencio del viaje interior, comencé mi cruzada por Portugal, concretamente en Fátima. Era mi tercera visita a esa especial ciudad y, aunque creía haberlo visto todo, ir con otro enfoque cambió mi mirada.

Visité sitios nuevos, realicé una lectura en la Capilla de las Apariciones —algo que no es fácil conseguir—, asistí a misa en un espacio privado y privilegiado y rogué, una vez más, por regresar con toda mi familia.

En los pocos momentos de turismo, volvimos a Lisboa y conocí Oporto, ciudad a la que regresaría mil veces. Desde allí llegamos a Sarria, en España, punto de partida de nuestro camino hacia Santiago de Compostela. Espero que esta experiencia única, aparentemente sencilla, siga dando frutos por siempre.

Luego visitamos San Sebastián de Garabandal, localidad de Cantabria donde la Virgen María se apareció a unos campesinos en los años sesenta. Aunque la Iglesia Católica no ha aprobado oficialmente esos eventos, la gracia de la fe permite creer que sus mensajes sobre conversión, paz, unión y amor son el camino para avanzar como sociedad.

Por último, llegamos a Medjugorje, otro lugar de apariciones aún no aprobado por completo, pero con beneplácito vaticano y presencia de un representante de la Santa Sede con quien tuvimos el honor de conversar.

Con él ratifiqué el poder de la fe y confirmé que no es necesario presenciar milagros ni constatar fenómenos mágicos o sobrenaturales para creer en Dios.

La mejor descripción de este espacio es “un pedacito de cielo en la tierra que te llama y te busca”.

La mejor herencia familiar, más allá de los bienes materiales, es la fe; hoy agradezco a mis abuelos y a mis padres por ella. Viajar y conocer lugares con ojos espirituales es un plan distinto, transformador y pacífico.

Esta cruzada fue, sobre todo, conmigo misma: días de autodescubrimiento, reafirmación, reflexión, descarga y aceptación, de mirar la vida y mis cruces con otros ojos; una conversación íntima con Dios y la Virgen.

No busqué milagros ni creí que mi vida cambiaría al volver; fui a fortalecer el alma y recargar baterías, a buscar respuestas que quizá no lleguen… o tal vez sí.

Este viaje no terminó cuando regresé al país. Como dice el refrán, se hace camino al andar, y yo sigo andando. Monseñor Aldo Cavalli nos dijo: “Ahora son peregrinos que vuelven a la vida cotidiana donde todo parece igual; su misión es regresar un poquito mejor e irradiar esos cambios positivos, propios de la vida cristiana”.

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