Menos discurso y más acción

Desde muy temprano, mi generación estuvo sometida a información sobre el cuidado del medioambiente; nos sensibilizaron sobre el daño que causamos los humanos al planeta y a otras especies, haciendo que esta preocupación se volviera parte de nuestra agenda política, de la misma manera que lo son los derechos humanos y la búsqueda de una equidad social.

En el marco del Día Mundial del Medioambiente, Francisco Vera, conocido como el “niño ambientalista”, fue nombrado por la UNICEF como “primer defensor juvenil del medioambiente y la acción climática”, lo cual debe llenarnos de orgullo si reconocemos que ha tenido que soportar matoneo en redes sociales por defender las causas que a todos deberían importarnos.

El gobierno que elegimos lo hicimos porque vendió la idea de que era necesario empezar una transformación energética y unas acciones puntuales para cuidar el medio ambiente.

El presidente, en sus discursos internacionales, ha señalado la importancia de unir el planeta en torno a este tema que nos compete a todos como humanidad e incluso, en su diálogo con su homólogo en USA, acordaron intercambiar la deuda externa del país por acciones de impacto para el cambio climático. Sin embargo, como pasa en muchos otros escenarios, el discurso nos ha quedado bonito, pero las acciones no se ven.

Es evidente que la preocupación por el medioambiente se encuentra en todos nosotros, pero a veces parece depender sólo de nuestras acciones individuales. Todas las empresas se rigen por los objetivos de desarrollo sostenible, pero es poca la investigación, innovación y las acciones que hacen sobre los desechos que producen.

Por otro lado, las escuelas y colegios enseñan cada vez más las pautas de cuidado y los jóvenes no se han quedado atrás creando emprendimientos que buscan reciclar plásticos y volverlos gafas, ropa o hasta hogares. Pero esto parece no ser suficiente.

Todas estas iniciativas no están apoyadas por el gobierno y, en su gran mayoría, deben luchar por competir con grandes marcas y empresas nacionales e internacionales cuya responsabilidad social y ambiental es nula.

Una amiga que está haciendo sus prácticas universitarias en una entidad del gobierno en una zona rural me comentó recientemente que la opinión generalizada es que las ideas, las acciones y todo lo que se busca hacer para el medioambiente se lo consume la burocracia.

Haciendo que todas las buenas acciones que quieren lograr los lugares periféricos y los jóvenes que queremos transformar el mundo pierdan su impulso y se queden en el papel.

Existen políticas de disminución del uso del papel y el porcentaje de plásticos de un solo uso y, como comenté al principio, el discurso del gobierno está, pero parece que nos preocupamos por el medioambiente solo cuando llega un día mundial o nombran a un joven defensor de una causa para la que no hay apoyo real.

Considero, entonces, que existe un vacío enorme entre los deseos de los jóvenes de velar por un mundo mejor y la disposición o fortaleza de las instituciones gubernamentales para hacerles eco.

Ahora bien, no solicitamos como jóvenes nuevas leyes que obliguen a las grandes empresas a hacer temas de responsabilidad social y ambiental, ni tampoco una política en educación que imprima a los futuros ciudadanos lo que ya sabemos del agotamiento de los recursos, del cuidado de la fauna y la flora de nuestro país.

Lo que necesitamos son pequeñas acciones comprometidas de este “gobierno del cambio” para destrabar los alcances que queremos lograr.

Aunque es pronto para esperar algo del futuro Ministerio de la Igualdad, que anunciaron tendría un viceministerio particular para los temas de los jóvenes, sí me gustaría ver cómo unen fuerzas con el Ministerio de Medioambiente para disminuir la frustración y no cortar la potencia transformadora que llevamos dentro.

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