La historia casi nunca miente; a menudo, nos ofrece espejos inesperados. Y al observar la trayectoria política de figuras colombianas, como algunos personajes que hoy tenemos en nuestra política, es inevitable que la sombra de Joseph Fouché se cierna sobre la reflexión.
No se trata, por supuesto, de una comparación literal de contextos, ya creo que –la Francia revolucionaria y napoleónica difiere abismalmente de la Colombia contemporánea–, sino de un análisis de la astucia política, esa capacidad camaleónica para sobrevivir y prosperar en el complejo tablero de ajedrez político y del poder en sí mismo en nuestro país.
Y en este espiral de violencia en que vivimos hoy en día, creería que estamos peor que en los tiempos de Fouché, donde guillotinaban a las personas, pero hoy se les asesina de otras formas.
Recordándolo bien, Fouché, el legendario ministro de Policía de Napoleón, fue un maestro de la adaptabilidad y la supervivencia política. Caminó sobre el filo de la guillotina varias veces, saliendo victorioso aun cuando todos sabemos que llevó su falsedad hasta el punto de publicar, después de muerto, sus memorias falsas, como lo reconoció Heinrich Heine.
Posó, sin despeinarse, de jacobino radical a ejecutor imperial, traicionando ideales y aliados con una frialdad calculada que garantizaba su permanencia en la élite.
Su olfato para el poder, su habilidad para leer el viento antes que nadie y su pragmatismo sin límites lo hicieron indispensable para varios regímenes. No era un ideólogo, sino un estratega puro, siempre un paso adelante.
En nuestro país, tenemos varios personajes con esta estampa; ojalá ustedes puedan ponerles el nombre, ustedes saben quién o quiénes son. Estos son seres que sin ningún remilgo han demostrado una habilidad indecible, una astucia que, si bien no alcanza las magnitudes históricas de Fouché, sí comparte elementos esenciales.
Algunos por ahí, con su libre ejercicio de moverse en varias aguas o por diversas orillas políticas, desde partidos tradicionales hasta con sus roles fundamentales en el poder ejecutivo, exhiben una notable capacidad para reinventarse haciendo lo que ofrezca, sin miedo a nada ni a nadie, es decir, sin miedo al éxito, como dicen los jóvenes de hoy en día.
Su adaptabilidad no solo ha sido ideológica, sino también práctica: saben cuándo cambiar de extremo, cómo ser efectivos en cada uno de ellos y cuándo capitalizar las oportunidades, mostrando una habilidad para la negociación de lo que sea y en donde sea.
De igual manera encontramos a otros personajes que, con similares dotes histriónicos, unos verdaderos magos o encantadores de serpientes, posan como modelos, en donde son poseedores de una versatilidad política que cualquiera desearía.
Ha navegado por diferentes partidos, apoyado distintas presidencias y se ha adaptado a los vaivenes de la opinión pública con una facilidad pasmosa. Su oratoria, su capacidad para tejer alianzas y su instinto para identificar los momentos clave de la política los han mantenido siempre en el centro del debate y en el centro del poder del Estado colombiano.
Como Fouché, aquí tenemos exponentes propios; lo produce nuestra tierra. Parecen entender que en política la lealtad absoluta rara vez es una virtud duradera; la clave está en la efectividad, la relevancia y el lucro personal.
En esta columna pretendemos hacer un paralelismo con actores del pasado que se mantienen en el tiempo y hasta inspiran, no para el bien, sino para el mal.
No pretendo con esta comparación juzgar la moralidad de sus acciones, sino señalar una cualidad intrínseca al arte de gobernar y mantenerse en el poder: la inteligencia para anticiparse, la flexibilidad para ajustarse a nuevas realidades y la capacidad de deshacerse de lastres cuando es necesario.
Joseph Fouché fue un experto en estos menesteres, y de una forma más limitada y contextualizada, en Colombia también los tenemos; pónganle nombre, el que ustedes conozcan, el o los que compartan las características antes relacionadas; pero sin duda alguna hoy muchos de ellos han demostrado haber pasado de ser alumnos aventajados a grandes maestros con los mejores pergaminos y hasta con doctorado, en el complejo mundo de la política colombiana.
En un país donde la volatilidad es la norma, solo los más sagaces y los que mejor se acomodan pueden sobrevivir a este complejo mundo de la política.
¿Conoces en tu país a alguien que se le parezca a Fouché? Coméntanos.