Los votos no tienen dueño

Hay triunfos que pertenecen a una persona y otros a una organización, pero existen victorias que son demasiado grandes para caber en el bolsillo de un dirigente o en la oficina de una casa política. La votación obtenida por Abelardo de la Espriella en Sucre pertenece a esa última categoría, porque es una victoria de la gente.

Por eso resulta preocupante que, apenas conocido el resultado electoral, hayan comenzado los intentos por adjudicarse un mérito que nunca les perteneció, como si la voluntad de miles de sucreños pudiera reclamarse con una declaración, una fotografía o un cálculo político de última hora.

Quienes caminaron esta campaña saben que la historia fue otra. Fueron meses de recorrer municipios, visitar corregimientos, tocar puertas y escuchar a la gente. Hubo voluntarios que nunca pidieron nada a cambio, jóvenes que convencieron con argumentos, familias enteras que decidieron creer en un proyecto distinto. Esa fuerza no nació de una estructura tradicional, nació de la convicción.

Y quizá esa sea la mayor enseñanza de esta elección. En Sucre empezó a romperse una vieja costumbre política, la de creer que los ciudadanos pertenecen a una casa política y que sus votos pueden reclamarse como si fueran una herencia. Durante años algunos confundieron liderazgo con propiedad, hasta que las urnas demostraron que el voto solo le pertenece a quien lo deposita.

El elector sucreño entendió que su voto no tiene dueño, que no es un favor ni una obligación, sino una decisión libre. Esa conciencia ciudadana es la verdadera derrota de las viejas formas de hacer política, porque quienes durante años creyeron poder señalar a una persona y decir “ese voto es mío”, descubrieron que la voluntad popular no admite propietarios.

Reducir este resultado a la influencia de determinadas estructuras políticas es desconocer la inteligencia de la gente. Esta elección demostró que los ciudadanos piensan, comparan, deciden y también son capaces de romper con las lealtades heredadas cuando encuentran un proyecto que los representa.

Por eso la campaña de Abelardo no representa una segunda oportunidad para los de siempre, representa la primera oportunidad para los nunca. Para quienes jamás sintieron que alguien los interpretaba, para quienes entendieron que la política también puede construirse desde la convicción y no desde la dependencia.

El verdadero protagonista de esta historia fue el vendedor ambulante que habló de la campaña con sus clientes, la madre que convenció a su familia, el campesino que recorrió kilómetros para votar, el estudiante que defendió sus ideas y el comerciante que decidió sostener sus convicciones. Ellos hicieron posible esta victoria.

Cuando esta elección sea recordada con la serenidad que da el tiempo, quedará claro que en Sucre no ganó una casa política, ganó una ciudadanía que decidió ejercer su libertad.

Nadie en su sano juicio podría creer que la voluntad de miles de ciudadanos cabe en el ego de unos pocos. Ese triunfo tiene un solo dueño: la convicción de un pueblo que decidió votar en libertad.

 

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