De muy pequeño, en el caserío, observaba el mar en su horizonte profundo, especialmente cuando el astro rey daba la sensación de sumergirse en alta mar, perseguido por la policromía de los arreboles. Seguía extasiado ante el brillante espectáculo que nos brindaba la madre naturaleza cada atardecer. La aldea se tornaba oscura y el peso de la noche hacía que pescadores y campesinos encendieran sus lámparas y faroles.
Los pescadores se preparaban para iniciar sus faenas. En botes se retiraban de la playa en busca de los lugares donde se encontraban los cardúmenes. Fondeaban sus botes y chalupas, lanzaban cordeles con anzuelos y carnadas. Ya comenzaban a picar: la primera era una sierra, después un pargo rojo. La faena terminaba cuando los pocos peces se iban esparciendo por la calma serena del mar.
Bogaban hasta el Archipiélago de San Bernardo para preparar el desayuno. A veces encontraban turistas que compraban parte del pescado cogido a puro cordel, y seguían luego a la aldea, donde las pescadoras esperaban para llevar el producto al pueblo más cercano.
Mientras tanto, los campesinos salían hacia sus parcelas a cultivar la tierra. Era un pueblo pleno de paz… hasta que llegó Don Jaime, un venezolano con muchos bolívares. Compró un barco fuera de borda y una canoa a motor: El Alcamar y La Graciela. Empezaron a viajar a Panamá a traer coco.
La tripulación estaba conformada por los más veteranos, y los capitanes eran de San Andrés. Iban cargados de azúcar y regresaban colmados de coco. Hasta que un día le propusieron a Don Jaime, unos cachacos del interior del país, que lo que dejaba ganancias no era el coco, sino el contrabando.
Comenzaron llevando marihuana y terminaron transportando cocaína. Un día, después de pasar por Sapzurro, vieron en altamar una fragata del gobierno. El capitán ordenó arrancar a toda máquina. Eso encendió las alarmas de la guardia costera, que inició una persecución. Al divisar la aldea, La Graciela aceleró aún más. El capitán dijo que prefería reventar la embarcación contra la playa.
Todos los campesinos y pescadores esperaban en la orilla. Cuando la canoa encalló cerca, salieron a rescatar la carga. De tal manera que, cuando la fragata se fondeó y bajó la tripulación, ya toda la mercancía había sido llevada a las casas del pueblo.
Cuatro días después, cuando la guardia costera ya se había marchado, todos devolvieron la mercancía a Don Jaime, quien, muy agradecido, mandó carneros y una vaca, y con el picó de Reyes Gómez fueron tres días de fiesta.
Así comenzaron a traficar alucinógenos en el pueblo, asociados con los cachacos del interior del país. Surgieron entonces casas de bahareque que se transformaron en casas de eternit y de dos pisos.
En esa época nunca se hablaba de carteles: les llamaban contrabandistas.
Pero en Cali, Medellín y el norte del Valle del Cauca, en la década de los setenta, unos personajes surgieron llevando cocaína a Estados Unidos. Se comenzó a hablar del Cartel de Cali y del Cartel de Medellín: los hermanos Rodríguez Orejuela y Pablo Escobar.
Gilberto y Miguel provenían de una familia pobre. La cocaína la traían de Perú y Bolivia, y ellos mismos la transportaban a Norteamérica. El negocio creció rápidamente. Gilberto, que había estudiado Filosofía e Historia en la Universidad Santo Tomás, se fijaba en todos los detalles.
Cuando Pablo Escobar le declaró la guerra a las autoridades colombianas, porque ya se hablaba de la extradición, la Policía pidió ayuda a los hermanos Rodríguez Orejuela. Gracias a eso lograron dar de baja a Pablo Escobar.
Según cuenta Gilberto Rodríguez Orejuela en su libro autobiográfico:
“Me defino como lo que he sido: un rebelde por convicción, un negociante por convicción, un narcotraficante por ambición. Me siento orgulloso de las dos primeras y absolutamente avergonzado ante ustedes por la tercera”.