El mundo despertó en la madrugada del tres de enero con la noticia de la caída de Nicolás Maduro; el dictador venezolano que izaba las banderas del socialismo del siglo XXI fue capturado en su propio territorio por las fuerzas militares de Estados Unidos. Nadie se esperaba que tal incursión obtuviese como efecto colateral el desplome del presidente colombiano Gustavo Petro ante la presión de Donald Trump.
La historia nos muestra nuevamente que las ideas socialistas no funcionan, solo generan pobreza, corrupción y totalitarismo; fue lo sucedido en Venezuela durante los 25 años del régimen que iniciara el presidente Hugo Chávez y continuara el capturado y judicializado dictador Maduro.
Según los propios informes de organizaciones no gubernamentales, la dictadura dejó un saldo de 36.800 torturados, 18.305 presos políticos, 468 asesinados en protestas, 18.000 muertes en manos de Maduro, 8 millones de exiliados, 8.000 violaciones de derechos humanos, 400 medios censurados, 90% de pobreza, de los cuales más del 50% son pobreza extrema.
Lo paradójico fue que el primer presidente en protestar en contra de la liberación de los venezolanos sería el primero en doblegarse. El mandatario colombiano Gustavo Petro reprochó la metodología extractiva que usó el país del norte, alegando vulneración de la soberanía y la autodeterminación del pueblo venezolano, un argumento muy protocolario y simplista.
La soberanía es el poder supremo que tiene un Estado para gobernarse a sí mismo, tomar decisiones y ejercer autoridad sin depender de otro Estado o poder externo; esta facultad se entrega en democracia legítima al representante mediante el sufragio. Todos sabemos lo sucedido en las elecciones presidenciales de Venezuela; por lo tanto, el dictador no es soberano. Además, el principio de autodeterminación proviene de la libertad de la nación para tomar sus propias decisiones, algo que tampoco existe frente a un tirano que no acepta oposición, so pena de ser secuestrado, torturado, ultimado o, en el mejor de los casos, encarcelado.
El efecto colateral de la captura de Maduro se dio con la llamada del presidente colombiano a Donald Trump, un ejercicio diplomático que por el momento solo tendría beneficios para Petro, mas no para la nación. En efecto, los Estados Unidos habían revocado su visa, incluido en la lista Clinton y amenazado con ser el próximo después de Maduro; por ende, nuestro mandatario calcó al pie de la letra el mensaje gringo. Cuidó su trasero.
El ejercicio diplomático no es el punto fuerte de un presidente soberbio como el nuestro, quien permanece lanzando improperios contra los pares que no comparten su ideología; sin embargo, ante la necesidad personal y sabiendo que su futuro depende de las decisiones de Donald Trump, como él mismo lo manifestó, decide levantar el teléfono y arrodillarse; inclusive, dejando sin criterio la marcha que él mismo había convocado.
Los petristas desistieron de su desprecio por el presidente estadounidense; ahora lo aman con furor, hasta regalitos le llevarán en su encuentro. Es el efecto en las relaciones de poder que tiene la capacidad de cambiar el odio por amor con una llamada, con un chasquido, sencillamente porque la política es dinámica.