El comportamiento del ser humano ante la muerte revela muchas contradicciones. El Día de los Fieles Difuntos, los cementerios se llenan de personas que viajan desde cualquier rincón del mundo para dar el último adiós a un ser querido.
Algunos regresan al pueblo después de años de ausencia, sin haber hecho ni una sola llamada mientras sus familiares estaban vivos. La muerte, y no el amor, parece ser la que convoca los reencuentros.
En vida, nos alejamos buscando oportunidades, explorando el futuro, construyendo sueños. Pero en ese viaje, muchas veces dejamos atrás lo más valioso: nuestra familia, nuestro hogar, nuestra raíz. Solo regresamos cuando ya es tarde.
A pesar de vivir en la era de la tecnología, seguimos aferrados a costumbres que no cuestionamos. Pagamos misas, encargamos novenas, llevamos flores al cementerio. Pero olvidamos lo esencial: en vida, hermano, en vida.
Después de la muerte, ya no hay nada que podamos hacer por quienes se han ido. Su espíritu, confundido, emprende el viaje hacia la luz, en busca del encuentro con los que partieron antes.
Los cementerios se llenan por un día, pero allí no queda nadie, solo los restos. Lo único que podemos hacer por nuestros muertos es mantenerlos vivos en el corazón y en la memoria.
Cada uno tendrá que responder ante el Creador por sus actos. Si no cumplimos la misión que se nos encomendó en esta vida, quizás tengamos que regresar, empezando de nuevo como niños.
Estamos a la espera del apocalipsis y del fin de los tiempos. Dios está tocando el corazón del ser humano. Lo vemos en las iglesias llenas, tanto católicas como evangélicas. La gente está buscando a Dios.
El domingo pasado asistí a una iglesia evangélica y me impresionó su organización: un culto de una hora, con un mensaje poderoso y cantos conmovedores. Al final, los visitantes son recibidos con calidez y se les invita a volver. Sentí que Dios está al alcance de todos.
Aprovechemos esta oportunidad. No es fácil, pero vale la pena intentarlo. La oración tiene un poder inmenso. Recordemos los mandamientos: amar a Dios sobre todas las cosas, amar al prójimo como a uno mismo, no codiciar lo que no es nuestro. Es difícil, pero el tiempo se acorta.
Jesucristo lo dijo:
“Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre si no es por mí”.