Como buen devoto de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, para nosotros los que creemos, es motivo de orgullo y alegría celebrar cada 8 de diciembre, no solo en Colombia, sino en todo el mundo.
Esta celebración da inicio a la preparación para el nacimiento del niño Jesús. Para los seguidores, más allá de su significado teológico, esta fiesta, en el buen sentido de la palabra, se ha convertido en un fenómeno cultural, en razón de que crecimos bajo el amparo de estas tradiciones y tenemos el deber de protegerlas y mantenerlas en el tiempo.
Que no son solo tradiciones religiosas, sino que en un mundo tan convulsionado, alrededor de estas celebraciones se une la familia, los amigos y se acercan los corazones que alguna vez estuvieron divididos. Estas costumbres demuestran que el legado pervive y debemos mantenerlo más vivo que nunca.
Quien escribe estas líneas solo espera que la cultura y las costumbres se perpetúen en el tiempo, ya que estas definen la identidad de nuestros pueblos, estos mismos que viven en permanente cambio.
La historia, que es la que nos señala la narración de los acontecimientos, nos trata de hacer comprender lo que sucedió para explicar el presente. Es así como se encuentra documentado que lo que dio origen formal a esta celebración fue la proclamación del dogma por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, a través de la bula Ineffabilis Deus.
Este dogma establece que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, fue preservada inmune de toda mancha de pecado original por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador de la humanidad.
Sin embargo, cuentan los historiadores que los ciudadanos en Italia en la noche del 7 de diciembre hicieron un camino con velas para que se iluminara, esperando que el Papa reconociera este dogma; estos actos, per se, no fueron el inicio de la devoción, sino su reconocimiento oficial como verdad de fe.
La creencia en la pureza de María, de hecho, se remonta a los primeros siglos del cristianismo, y la fiesta de la «Concepción de María» ya se celebraba en Oriente desde el siglo VII y se extendió a Occidente, especialmente en España e Italia, mucho antes de la definición dogmática. Ustedes, queridos lectores, se preguntarán por qué el del 8 de diciembre.
De igual manera esta documentado por historiadores que, en un evento extraordinario, al que llamaron «Milagro de Empel»(actual Holanda), en 1585, donde la intervención milagrosa atribuida a la Virgen ayudó a las tropas españolas en una batalla suscitada en diciembre (entre el 2 y el 8) de 1585, durante la Guerra que demoro unos Ochenta Años (conflicto entre la Monarquía Hispánica de Felipe II y las Provincias Unidas rebeldes), en donde un grupo de soldados de los Tercios Viejos españoles que estaban en un caos total, con hambre, mucho frio, rodeados por la artillería enemiga , asediados por más de 100 navíos del ejercito holandés y desesperados, porque estos habían abierto diques de los ríos Mosa y Waal. El almirante holandés les ofreció una rendición honrosa, a lo que Bobadilla respondió con la famosa frase: «Los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra”.
Es así como relata la historia: en la noche del 7 de diciembre, la moral de las tropas era muy baja y un soldado español, mientras cavaba una trinchera para protegerse del frío y el fuego enemigo, encontró enterrada en la tierra una tabla de madera con una imagen de la Inmaculada Concepción; a lo cual en el acto esta situación fue interpretada como una señal de auxilio divino de la Virgen.
Es así como el maestre Bobadilla les dijo a sus soldados: «Encomendémonos a la Inmaculada Concepción», y rezaron fervorosamente ante la imagen, recuperando la esperanza.
Esa misma noche (del 7 al 8 de diciembre), se desató un viento muy frío e inesperado que provocó una helada tan intensa que las aguas que rodeaban a los apostados, esto es, la flota holandesa, se congelaron y no tuvieron movilidad.
En la mañana del 8 de diciembre, los soldados españoles pudieron caminar sobre el hielo y atacar a pie a los navíos holandeses, que quedaron inmovilizados y varados por la capa de hielo.
El ataque de los Tercios por tierra sobre el hielo, un factor que los holandeses no esperaban, fue un éxito rotundo. La flota rebelde fue derrotada o tuvo que retirarse, y el asedio fue levantado.
El propio almirante holandés, Hohenlohe, supuestamente exclamó: «Tal parece que Dios es español al obrar de esta manera».
Por esta razón y después de la estrepitosa victoria, la Inmaculada Concepción fue proclamada como Patrona de los Tercios de Flandes e Italia, y posteriormente, en 1892, fue declarada Patrona del Arma de Infantería del Ejército de Tierra Español. Por este motivo, el 8 de diciembre es una fecha de gran celebración militar y religiosa en España.
EL deber de nosotros los devotos es mantener vivas estas tradiciones con el fin de poner un pare entre el pasado y el futuro, que nos permita asimilar qué se puede y debe hacer con nuestra sociedad; la razón es que, en este mundo tan difícil, en donde todo se está volviendo tan impersonal, gracias a la tecnología. Estas tradiciones nos permiten mantener una identidad propia, colectiva, como pueblo que somos.
El poder reforzar las tradiciones a nuestros hijos, nietos, etc., manteniéndolos arraigados con lo que en realidad somos en esencia: historia, vivencias, luchas eternas y los logros de nuestros antepasados. La mejor forma de honrarlos es con una oración, una vela, reunidos en familia, haciendo las novenas a la virgen, compartiendo nuestros platos autóctonos, que confirman quiénes somos y de dónde venimos.
El mantener viva esta tradición nos permite reafirmar los valores personales, familiares, sociales y conservar los conocimientos de las artes, oficios y, por supuesto, la gastronomía. La fiesta de la Inmaculada Concepción de María no le hace daño a nadie; al contrario, enseña y reafirma lo que estamos perdiendo los colombianos, la fe y la esperanza.
Para concluir, el poder reafirmar nuestra cultura con nuestras tradiciones que busca promover valores como los de la solidaridad y la armonía en nuestras comunidades.
Los reencuentros de amigos, vecinos, familiares, además de servir de motor de desarrollo económico, ya que genera ingresos a las familias que comercializan bienes y servicios en las festividades en comento, con la venta de velas (en toda Colombia para estas fechas se venden 270 millones), artesanías, arte en general, gastronomía, artículos alegóricos a la Virgen María, hoteles, transportes, etc. Darle gracias a la Virgen María y a la vez contribuir con familias que dependen económicamente de estas fiestas.
Este fervor con que se debe mantener la celebración a nuestra Inmaculada Concepción de María es un claro ejemplo de por qué debemos proteger y fomentar todas nuestras tradiciones. Gracias a ella tenemos identidad propia, tenemos historia, tenemos un faro moral en las dificultades de este mundo moderno.
Nuestra cruzada es mantenerlas vivas; no se trata de vivir en el pasado, es edificar el futuro próximo sobre una roca sólida de identidad y significado.
¡Bendita sea tu pureza!
¡Gracia y gloria a la Inmaculada Concepción de María!