En cada ciudad aparece la misma foto: los mismos rostros, las mismas pancartas, los mismos buses parqueados a tres cuadras. La campaña de Iván Cepeda recorre el país y el país parece repetirse. Los indígenas que abren el acto en Pasto son los que cierran en Barranquilla. El grupo de jóvenes con sombrillas idénticas en Cali reaparece bajo el mismo plástico en Bucaramanga. La plaza se llena, pero la postal no cambia.
Eso, en economía, se llama inflación: mucho volumen, poco valor. En política, se llama inflación de plaza pública. Y es el síntoma más claro de una campaña que no está midiendo respaldo real, sino montando escenografía.
El caso Barranquilla-Tunja: la misma postal, distinta ciudad
El 5 de febrero de 2026 en Barranquilla, durante la llamada “Carnavalada por la Paz” en la Cancha de Cevillar, las tomas aéreas mostraron una masa de camisetas blancas con logo rojo y la palabra “VOTA”. Dos meses después, en abril, el “Cepeda Fest” en la Plazoleta Muisca de Tunja repitió el encuadre: las mismas camisetas blancas, el mismo logo rojo, los mismos banners de “Iván Cepeda” + “Te da Esperanza”.
Las coincidencias no acaban ahí. Sombrillas idénticas, gorras rojas, pancartas con la misma tipografía y filas de buses con placas de municipios aledaños estacionados a tres cuadras. En redes, los comentarios se repiten: “llegaron los mismos de siempre”. No es fervor que nace en cada ciudad: es logística que viaja con la tarima.
El fervor popular no se transporta en caravanas. No requiere operación de refrigerios y kits para aguantar el sol de las 2 p.m. El fervor popular interrumpe, desborda, sorprende. Llega sin que lo citen. Lo que estamos viendo es otra cosa: una operación. Una movilización financiada que confunde asistencia con adhesión y que pretende vender como ola nacional lo que en el fondo es una gira con elenco fijo.
El contraste es brutal cuando se mira al otro lado
Mientras esa postal se repite, hay campañas que crecen sin tener que cargar con su público. Paloma Valencia llena plazas que cambian de ciudad a ciudad y de rostro a rostro. Sus eventos no tienen la misma primera fila que viaja en bus: tienen comerciantes locales, madres, universitarios, gente que llegó caminando desde su barrio porque se enteró el día anterior. Las encuestas lo vienen registrando: su nombre sube semana a semana no por disciplina de nómina, sino por decisión de ciudadanos.
Lo mismo ocurre con Abelardo de la Espriella, “El Tigre”. Su mensaje conecta con un país hastiado. Y cuando convoca, el país le responde sin necesidad de utilería. Porque el verdadero fervor no pide nada a cambio. No espera el refrigerio. No pregunta dónde firman la asistencia. Simplemente está.
El costo de la ilusión
El problema de inflar plazas no es estético. Es ético y es político. Primero, porque degrada la democracia: convierte al ciudadano en extra en su propia historia. Segundo, porque crea una burbuja peligrosa. Un candidato que cree que esas filas son apoyo real tomará decisiones de gobierno sobre una mentira que él mismo fabricó. Y tercero, porque es el manual viejo del socialismo del siglo XXI: prometer beneficios inmediatos, repartir poco hoy para hipotecar todo mañana.
Ese modelo ya lo conocemos. Empieza repartiendo y termina racionando. Empieza con sombrillas y termina con escasez. Empieza hablando de pueblo y termina dejándolo sin país. Trae pobreza, trae fractura, y en demasiados casos en el continente, trae muerte y exilio.
Colombia ya entendió
Un pésimo gobierno no merece repetición. Y repetir la fórmula es suicida. Sí, hay gente que recibió algo. Un auxilio, un contrato, una promesa. Pero eso no es bienestar: es carnada. Es la estrategia de mostrarle a diez que a uno le dieron, para que los otros nueve hagan fila con la esperanza de ser el siguiente. La fila se mueve, pero la prosperidad nunca llega.
El país está despertando. Lo dicen las calles que ya no se prestan para la foto. Lo dicen los gremios que ya no aplauden por decreto. Lo dicen los jóvenes que entendieron que un pastel hoy no paga la universidad que no tendrán mañana.
El fervor real no se alquila. Se gana. Y hoy lo está ganando quien habla claro sobre seguridad, sobre empresa, sobre libertad. Lo está ganando quien entiende que Colombia no quiere vivir de la dádiva, sino del trabajo. Quien sabe que el Estado no es un papá que reparte, sino un árbitro que garantiza reglas.
La inflación de plaza pública siempre termina igual: con devaluación. Se devalúa la palabra, se devalúa el liderazgo, y al final se devalúa el país entero. Colombia ya pagó esa factura una vez. No tiene con qué pagarla dos.