Lo de Juan Daniel Oviedo, no es un simple error político: es una desfachatez.
Validar con su presencia y desde sus privilegios discursos y acciones abiertamente antiderechos no puede maquillarse como inclusión.
Pretenden venderlo como un gesto de apertura, como un símbolo de diversidad, pero la realidad es otra: Oviedo no representa a una minoría históricamente excluida y violentada como la población LGBTIQ+. Su presencia allí no dignifica; instrumentaliza.
Porque cada vez que guarda silencio ante la humillación, cada vez que tolera o relativiza discursos que atacan la dignidad humana, no solo se traiciona a sí mismo, sino que se convierte en un vehículo útil para quienes buscan legitimar la exclusión con rostro “técnico” y discurso moderado.
Y eso es precisamente lo más preocupante.
Durante mucho tiempo, Oviedo llamó la atención por un perfil distinto: técnico, estructurado, aparentemente alejado del ruido ideológico. No era la opción de la derecha, pero tampoco de la izquierda.
Era, para muchos, una alternativa. Hoy, esa expectativa se desmorona frente a una estrategia evidente: decir lo que conviene, acomodarse a ambas orillas y servir como puente discursivo para agendas que, en el fondo, niegan derechos.
No se trata de ingenuidad. Se trata de cálculo.
Porque en la Colombia de hoy, la radicalización del discurso especialmente desde sectores de extrema derecha no necesita únicamente voces agresivas; también necesita figuras que la suavicen, que la legitimen desde la aparente neutralidad. Y ahí es donde figuras como Oviedo terminan siendo funcionales.
La dignidad humana no es negociable. No se puede relativizar según el escenario ni el público. No se puede defender a medias sin terminar traicionándola por completo.
Y cuando alguien decide prestarse para ese juego, deja de ser una promesa distinta para convertirse en más de lo mismo, una desilusión, por eso esa formula presidencial no es la opción.