Era la tarde del 15 de diciembre de 1989 Sincelejo respiraba una brisa fresca, de esas que llegan del mar Caribe cuando las olas se pican y obligan a la gente a buscar conversación en las esquinas. El reloj de la catedral marcaba las cuatro de la tarde y, como casi todos los días, varios amigos nos reuniamos en el atrio de la iglesia San Francisco de Asís de Sincelejo. Allí, entre comentarios de política, chismes de pueblo y el eco de las campanas, transcurría una jornada cualquiera.
Hasta que la radio rompió la calma.
Desde un pequeño transistor alguien subió el volumen. Era Caracol Radio. La voz del locutor, con tono urgente, lanzó la noticia que parecía imposible: había sido abatido José Gonzalo Rodríguez Gacha, alias “El Mexicano”, uno de los narcotraficantes más temidos de Colombia.
La muerte, según el reporte, había ocurrido en el municipio de Tolú, Sucre, en el Golfo de Morrosquillo.
El silencio se apoderó del atrio.
Entre quienes escuchábamos estaba el periodista Blas Piñas Salcedo, corresponsal del noticiero 24 Horas.
Yo, por mi parte, empezaba mis primeros pininos en el oficio como camarógrafo. Blas me miró con esa mezcla de urgencia y entusiasmo que solo se ve en los periodistas cuando huelen una noticia histórica.
—Vamos por los equipos. Nos vamos para Tolú.
No hubo tiempo para más preguntas. Llamó de inmediato a Bogotá.
La autorización llegó en minutos. Conseguimos a un taxista de confianza, un hombre al que todos conocíamos como “El Gafita”, apodo ganado por las gafas medicadas que nunca se quitaba.
Arrancamos hacia la carretera como alma que lleva el diablo.
El taxi devoraba kilómetros rumbo al puerto. La tarde se estaba apagando y sabíamos que la noche caería pronto sobre la costa. La velocidad rozaba los 120 kilómetros por hora mientras atravesábamos la vía hacia Tolú, con el corazón latiendo al ritmo de la noticia.
A unos kilómetros del caserío vimos lo que buscábamos: una multitud aglomerada a orillas de una finca.
Policía, Ejército, la Marina, curiosos y campesinos se mezclaban en un caos de voces y rumores. Nos bajamos yo con la cámara encendida. Preguntamos de inmediato:
—¿Fue aquí donde mataron a Rodríguez Gacha?
Un hombre señaló hacia un sembrado cercano.
—Allá… en ese platanal.
Nos abrimos paso como pudimos. La zona estaba ya acordonada por las autoridades. El olor de la tierra húmeda y las hojas aplastadas llenaba el aire. Encontramos a un campesino vecino de la finca. Aceptó hablar frente a la cámara.
Su relato era simple, pero estremecedor.
Dijo que un helicóptero venía persiguiendo varios vehículos por la Troncal del Mar. Los carros se detuvieron de golpe. Los hombres que iban dentro corrieron hacia el platanal buscando refugio.
Pero el helicóptero no dejó de seguirlos.
Desde el aire comenzaron a disparar.
—Los acribillaron ahí mismo —nos dijo—. Murieron siete personas.
Entre ellos estaba José Gonzalo Rodríguez Gacha y su hijo Freddy.
Seguí grabando. Las mujeres lloraban. Algunos corrían hacia el pueblo para contar lo ocurrido. Otros observaban en silencio, como si aún no comprendieran que acababan de presenciar el final de uno de los hombres más poderosos y violentos del narcotráfico colombiano.
Intentamos entrevistar al coronel de la Policía que estaba al mando. Se negó. No tenía autorización para hablar.
Preguntamos entonces por los cuerpos.
—Se los llevaron para Sincelejo —respondió alguien—. En un camión amarillo.
Blas me miró. Con un gesto de cabeza entendí lo que seguía.
Había que regresar.
El taxi volvió a rugir por la carretera.
Llegamos al Hospital Regional de Sincelejo —hoy Hospital Universitario— cuando la noche ya dominaba la ciudad. Entramos por urgencias.
Afuera de la sala estaban los cadáveres.
Siete.
Alineados en el piso.
La escena era tan cruda como silenciosa. Yo hacía mi trabajo mecánicamente: encuadrar, grabar, mover la cámara. Uno por uno registré los cuerpos sin saber cuál era Gacha, cuál era su hijo y cuáles eran sus escoltas.
Afuera, la multitud crecía.
La noticia ya era internacional. El capo conocido como ‘El Mexicano’, considerado el segundo hombre más poderoso del Cartel de Medellín, había caído en un operativo policial que incluyó persecución por tierra y aire cerca de Tolú y Coveñas.
Aquella noche comprendí algo que ningún periodista olvida: hay momentos en los que la historia pasa frente a la cámara y uno apenas alcanza a registrarla.
Terminamos la jornada cerca de la medianoche.
Pero la historia apenas comenzaba.
Al día siguiente Sincelejo amaneció convertida en escenario mundial.
Las necropsias se prolongaron durante horas. El rumor de periodistas llegados de todas partes llenaba las calles cercanas al hospital. Nadie hablaba de otra cosa.
La tarde del 16 de diciembre llegó el mismo camión amarillo al Cementerio Central de Sincelejo.
En la parte trasera venían los siete cadáveres.
El sepulturero Héctor Contreras Pérez había terminado minutos antes de cavar una fosa ancha y larga. Luego se fue a cenar a su casa, al sur de la ciudad.
Cuando introducía una cuchara de palo en un plato de arroz servido en un viejo plato de peltre, una mujer vestida completamente de negro llegó hasta la puerta.
Llevaba alhajas hasta en los tobillos y estaba rodeada por varios hombres armados.
—¿Usted es Héctor Contreras Pérez, el sepulturero?
Héctor dudó antes de responder.
—Sí señora.
—Acompáñeme al cementerio. Tiene que sepultar a mi hijo Freddy y a mi esposo.
La mujer era Gladys Álvarez Pimentel.
Sin más preámbulo, Héctor subió al vehículo y escoltado regresó al cementerio.
Al llegar, encontró una multitud que parecía más propia de las corralejas que de un entierro.
Los féretros de Rodríguez Gacha y su hijo se distinguían de inmediato: madera tallada, adornos dorados, figuras en relieve.
Los demás eran simples.
Los cuerpos fueron bajados en hombros por varios curiosos obligados por la policía.
El cortejo avanzó entre una ciudad de tumbas mientras la noche caía lentamente sobre Sincelejo.
Los siete ataúdes descendieron a la fosa.
El último fue el de “El Mexicano”.
La viuda observaba en silencio.
No lloraba.
Solo miraba fijamente el ataúd de su hijo Freddy.
Cuando el sepulturero tomó la pala para cubrir la tumba, ella levantó la mano cargada de alhajas.
—Déjela abierta —ordenó—. Mañana hay que desenterrar.
Esa noche Héctor Contreras durmió junto a la fosa.
Cubrió los ataúdes con hojas de plátano y ramas de matarratón para protegerlos del rocío.
Los curiosos lo insultaban desde lejos.
—¡Sapo!
Pero él permaneció allí.
En algún momento de la madrugada, confesó años después, que abrió la ventanilla del ataúd de Rodríguez Gacha.
Lo miró fijamente.
Sintió lástima.
El hombre que había sembrado terror en Colombia estaba ahora inmóvil bajo unas hojas verdes.
A la mañana siguiente llegaron escoltas, periodistas y autoridades. Los cuerpos fueron sacados de la fosa y trasladados hacia el aeropuerto para ser llevados a Pacho, Cundinamarca, el pueblo natal del capo.
La viuda pagó 350 mil pesos al sepulturero.
Y le dejó un regalo insólito:
Los ataúdes.
Cuando vaya a Pacho, Cundinamarca, me puede visitar con confianza. Adiós!
Días después, Héctor vendió el de Gacha a una familia pobre para enterrar a un conductor de bus conocido como “Bola de Humo”.
Así ocurrió uno de los episodios más extraños de la historia de Sincelejo: un hombre humilde fue enterrado en el ataúd de uno de los narcotraficantes más ricos del mundo.
Su funeral fue pobre.
Pero tranquilo.
Han pasado más de tres décadas.
La violencia del narcotráfico sigue siendo una herida abierta en Colombia. Pero aquella tarde de diciembre de 1989 quedó grabada en la memoria de quienes la vivimos.
Porque ese día, en un platanal de Tolú, terminó la vida de un hombre que había acumulado poder, riqueza y muerte.
Y comenzó, para muchos periodistas jóvenes como yo, la conciencia de que contar la historia de un país también significa caminar entre sus sombras.
