Hablar del barrio La Ford nos obliga a conocer primero su pasado, aquel que formaba parte esencial del corazón de Sincelejo y de la memoria urbana de la ciudad. Es un sector que pasó de ser uno de los más elegantes, con estructuras innovadoras para su tiempo, a convertirse en un nodo donde hoy convergen un comercio a medias, una densa zona hospitalaria y hermosas casonas que parecen esperar, entre el abandono y el silencio, una segunda oportunidad.
Su nombre no es coincidencia; se debe a que allí se estableció la primera gran vitrina comercial de la Ford Motor Company en la región. El concesionario se convirtió en un punto de referencia tan fuerte que el lenguaje popular borró los nombres catastrales para decir simplemente: «voy por los lados de la Ford». En sus mejores tiempos, el barrio fue un oasis residencial de techos altos y amplios patios, que brillaba antes de que el crecimiento desordenado comenzara a devorar la tranquilidad de sus calles.
Al recorrerlo hoy, es inevitable que la memoria traiga de vuelta lugares emblemáticos: la elegancia del salón de eventos La Casona, el sabor de Postres Ada y la terraza de El Tablón, frente al parque del antiguo Club Rotario.
De ese ecosistema, solo algunos «guardianes» permanecen. La famosa repostería Casa Rosa sigue custodiando su legado, al igual que la lavandería diagonal a Bellas Artes, un lugar que el tiempo parece haber congelado. Sin embargo, no toda permanencia es sinónimo de visión: la actual sede de Bellas Artes, aunque remodelada, se percibe con una arquitectura simple que no logra honrar la creatividad que debería inspirar una escuela de su tipo.
Frente a la evolución de Sincelejo, surge una pregunta necesaria: ¿por qué estas joyas arquitectónicas no han sido protagonistas del progreso? Pareciera que la curaduría urbana no ha sido prioridad para las administraciones de turno.
Mientras el entretenimiento se confina tras las paredes de cristal de los centros comerciales modernos, perdemos el hilo de nuestra historia. Al encerrarnos exclusivamente en el concreto nuevo, desechamos nuestras riquezas en lugar de integrarlas a la evolución de la ciudad.
La Ford tiene el potencial visionario para transformarse en un distrito gastronómico y cultural, lleno de escuelas de arte y tiendas de diseño. Posee la materia prima perfecta en sus espacios generosos, pero hoy esa riqueza arquitectónica parece haberse volcado casi exclusivamente hacia el sector de las clínicas e IPS.
Si bien estos servicios de salud son fundamentales para Sincelejo, el barrio no debería limitarse a ser una sucesión de salas de espera. Podemos mirar hacia referentes exitosos como el Parque Lleras en Medellín o los barrios simbólicos de Barranquilla, donde las antiguas casonas residenciales se transformaron en epicentros de vida, gastronomía y encuentros bohemios, demostrando que el progreso médico puede convivir con el florecimiento artístico.
La Ford tiene ese mismo ADN; tiene la capacidad de ser nuestra «joya de la corona» urbana. Sueño con que logremos equilibrar su vocación actual abriendo caminos hacia el arte y el encuentro ciudadano, permitiendo que Sincelejo vuelva a vivir su historia con orgullo, color y una renovada visión de futuro.