Les asiste a las ideologías políticas en la búsqueda de sus propósitos de poder e implementación de ideas, no solo ejercicios racionales, sino también internos del ser, emotivos, sentimentales, que al fin y al cabo son los que terminan regularmente moviendo las masas en las contiendas electorales.
En efecto, existen filosofías que tienen como intención alcanzar la igualdad, mientras otras opuestas buscan resaltar el valor de la libertad como propósito principal.
En la búsqueda de la igualdad como pretensión ideológica, debe realizarse una comparación; el ser humano es llamado a equipararse frente a aquello que desea.
En efecto, el igualitarismo requiere de un prototipo, modelo o referente al cual es necesario “igualar”; a falta de este, quedaría sin piso todo el argumento igualitario, simplemente dejaría de existir, porque todos seríamos iguales, idénticos y no se tendría referente para emular; por lo tanto, al quedarse sin un fin, por sustracción de materia, no habría igualitarismo. En efecto, la búsqueda de la igualdad obedece a la existencia de desiguales reales, de personas que están en situaciones distintas.
El punto de partida del igualitarismo, entonces, será la comparación de la condición humana, porque es absolutamente necesario compararse con los demás para saber qué me hace falta o qué tiene la persona modelo para alcanzarla.
En otras palabras, si analizamos que el igualitarismo tiene como fin la búsqueda de la igualdad en las personas, la génesis de esta ideología será en primer lugar, la existencia de un referente desigual que perseguir; en segundo lugar, la comparación, y en esa asimilación se detecta que la persona referenciada como modelo a lograr, posee una condición distinta a la mía, bien sea económica, intelectual, social, carismática o de cualquier tipo; y en tercer lugar, el deseo manifiesto de obtener aquellas virtudes que la otra persona posee y yo no, es decir, el impulso deseoso por algo que no tengo o el sentimiento de tristeza o pesar por el bien ajeno o inclusive la necesidad de erradicarlo, en este punto estamos frente al alimento de todo igualitarista, la envida.
Ahora bien, para el logro de este objetivo, que desde ya es ponzoñoso, las ideologías igualitaristas o de izquierda requieren del ejercicio de una metodología que vaya más allá de la igualdad ante la ley y que trate de equilibrar la balanza, y de un ente que se encargue de ello. Bienvenidos a la “justicia social” a través del Estado.
La envidia es un sentimiento malévolo o una emoción negativa que nutre la justicia social y que aparece cuando una persona desea lo que otro tiene —bienes materiales, cualidades, éxito, belleza, talento o reconocimiento y que además tienen la capacidad de hacer sentir mal a quien no lo posee.
Al realizar el ejercicio básico de comparación del igualitarismo para establecer aquello que hace falta a las personas, las llena de tristeza, frustración y deseo por el bien ajeno o, peor aún, por la necesidad de erradicar la prosperidad o virtudes de los demás.
En síntesis, la envidia nace de la comparación con los demás, es una carga negativa que genera un malestar interno, produce resentimiento y, por supuesto, conlleva al odio; y es una emoción o sentimiento que impulsa el deseo por el mal ajeno antes que el bienestar propio.
Las sagradas escrituras la reprochan porque nace de los corazones insatisfechos que no soportan las bendiciones y éxitos de los demás. Caín mató a Abel por envidia, Saúl sintió envidia de David e intentó matarlo, Raquel envidiaba a su hermana Lea porque tenía hijos, los líderes judíos sintieron envidia por Jesús y lo entregaron a pesar de ser inocente, porque esta sabiduría no es la que proviene de lo alto, sino terrenal, animal, que genera perturbación y toda obra perversa (Santiago 3:14); es carcoma de los huesos (Proverbios 14:30).
Una razón más para que los creyentes se aparten del socialismo o progresismo, ideologías del igualitarismo que son contrarias a la fe.
Para eliminar esta aflicción, tendríamos que ser todos exactamente iguales, algo que jamás sucederá por la misma naturaleza humana. En este sentido, quienes promueven el igualitarismo y todas las ideologías de izquierda están condenados a vivir con una envidia permanente, constante, indeleble a su existencia que los corroe a sí mismos.