Entre los cientos de boletines digitales que me llegan a diario, uno de mis favoritos es El Nuevo Orden Urbano, escrito por Diana Lind. Allí se explora el futuro de las ciudades y proyectos urbanos innovadores que marcan tendencia a nivel global.
Además de recordarme por qué me apasiona construir ciudades incluyentes, cada entrega inspira y me hace soñar con cómo aterrizar esas ideas en Bogotá y en Colombia. Una nota reciente habla de la “economía de los hobbies o los pasatiempos” y de su potencial para transformar corredores comerciales y el espacio público: convertir locales vacíos en aulas, talleres o clubhouses para aficionados, desde cervecerías caseras hasta estudios de costura, talleres de cerámica o muros de escalada.
Esta nueva economía ofrece experiencias físicas, formación y comunidad que no se pueden sustituir por la virtualidad.
Tras la pandemia de COVID-19, el auge del teletrabajo y las compras en línea vaciaron muchos ejes comerciales. Sin embargo, las ciudades que hoy se sobreponen son las que se adaptaron con innovación y trabajo comunitario.
Los emprendimientos ligados a pasatiempos generan empleo intermedio, menos vulnerable a la inteligencia artificial, y se alinean con las políticas de placemaking que buscan reactivar el espacio público mediante proyectos transformadores y atractivos.
Este es el caso del artículo publicado el 21 de julio en el portal web mencionado: los centros urbanos pueden reactivarse convirtiéndose en puntos de encuentro para aficionados.
Esta narrativa ya se siente en varios rincones del país. Por ejemplo, en Bogotá, el proyecto de reúso de edificaciones para convertir viejas oficinas en vivienda puede complementarse reaprovechando comercios en desuso para nuestros pasatiempos.
También en la capital el barrio San Felipe abre sus talleres y galerías para que la ciudadanía experimente el mundo del arte, mientras en el centro histórico de La Candelaria el turismo experiencial florece con clases de cerámica y microemprendimientos de artesanía. Medellín vive un fenómeno similar con el Graffiti Tour de la Comuna 13, donde turistas pintan murales y toman talleres de rap y break dance, sosteniendo decenas de guías locales y comercios de souvenirs.
En Cali, las academias de salsa y la Calle del Sabor mantienen vibrante la cultura salsera. La “hobby economy” no es, pues, un invento anglosajón, sino una palanca concreta para revitalizar barrios que ya avanza en algunas ciudades del país.
Para escalar estas iniciativas necesitamos políticas públicas más ágiles. Resultaría clave habilitar una Ventanilla Exprés Pública para agilizar los trámites o conceder permisos “tipo piloto” para equipamientos de carácter experimental sin licencia completa con revisión periódica.
Se podrían ofrecer también incentivos de arriendo cívico, con descuentos del 50% en el predial, a propietarios que cedan locales vacíos a talleres o clubes comunitarios durante un tiempo definido, y facilitar microcréditos e incentivos de alquiler a instructores y colectivos que impartan clases en parques o espacios semipúblicos.
Todo ello exige, por supuesto, coordinación distrital para compartir criterios de riesgo y cerrar de una vez nuestro ciclo burocrático eterno. A la final, el costo fiscal de estos incentivos es menor que el de mantener locales vacíos que no generan renta ni empleo; y el costo social, ni se diga: ciudades menos vibrantes y dinámicas que terminan mermando nuestra calidad de vida.
Queda la tarea de convertir la pasión en política: apostar por ciudades que valoren el tiempo libre compartido, que cultiven la comunidad y que reactiven su economía desde la creatividad y la alegría de sus habitantes. Los pasatiempos, lejos de ser un lujo, pueden ser el motor que devuelva la vida a nuestras calles.