La competitividad: del diagnóstico eterno a la ejecución

Cada año nos sentamos a leer el Informe Nacional de Competitividad y repetimos el ritual: quince frentes, buenos datos, mejores recomendaciones y la sensación de déjà vu.

El 2024-2025 vuelve a recordarnos que competitividad no es un podio: es un sistema en el que Estado eficiente, seguridad y justicia, infraestructura, energía, economía digital, educación, protección social, mercado laboral, apertura, sistema tributario, productividad rural, financiación, ciencia y tecnología, crecimiento verde y tejido empresarial se mueven a la vez.

El menú es completo; lo que falta no es diagnóstico, todo lo contrario. Lo que falta es decisión, foco y gerencia para ejecutar sostenidamente en el territorio.

Para el Consejo Privado de Competitividad, la competitividad es la capacidad de un territorio para crear bienestar elevando su productividad. En Colombia, se mide con el Índice Departamental y el de Ciudades mediante 98 indicadores.

En los últimos años, los cambios en competitividad han sido milimétricos: los líderes se mantienen y la mayoría de ciudades y departamentos se mueven apenas uno o dos puestos por edición; por eso la diferencia la hace ejecutar bien más que ‘subir en la tabla’.

En el Índice de Competitividad de Ciudades 2024, Bogotá encabeza, Medellín le sigue y Tunja completa el podio. En la costa, Barranquilla aparece en la octava posición; Cartagena está de once; Santa Marta de quince; Montería de dieciocho; Valledupar, veinte, y Sincelejo, veintitrés, por encima de Riohacha (24).

Esa no es una condena ni un premio: es una brújula. Hay ciudades caribeñas compitiendo en el top 10 porque encadenaron proyectos, no porque tuvieron mejor suerte.

Del lado departamental, el IDC 2025 ubica a Sucre en el puesto 23 (sube desde el 24) en una versión con recálculo metodológico para comparar 2024 y 2025.

El departamento avanzó, subió una posición, pero el techo sigue bajo y la brecha persiste. ¿Qué hacer entonces? Tres verbos: ejecutar, especializar, articular. Ejecutar lo básico, sin duda: vías que conectan mercados y personas, proveer agua y energía, seguridad; especializar con inteligencia, priorizando cadenas donde hay interés y potencial (logística regional, turismo de naturaleza y cultura, agro con valor agregado, economía circular); e integrar la formación pertinente al mercado laboral con el empleo real, junto a empresas, gobierno y academia para elevar la productividad y mejorar los salarios.

La competitividad sostenible no llega por una obra estrella, sino por portafolios de proyectos e ideas que se convierten en realidad, que se ejecutan y sobreviven a los cambios de gobierno.

Si queremos crecimiento sostenible, de verdad llevemos a contrato lo que repetimos en cada foro: proyectos bien formulados y blindados de la coyuntura.

Sé que suena a “lo mismo de siempre”. Precisamente, porque no lo hemos logrado.  En un año llegarán nuevas promesas; el ciclo político siempre ofrece un atajo. La competitividad, no.

Pide instituciones que no cambien de rumbo cada cuatro años, datos que guíen el gasto y gerencia que rinda cuentas por hitos y no por anuncios. El reto ya no es diagnosticar, sino ejecutar, especializar e integrar para que la conectividad se traduzca en productividad, en salarios que alcanzan y en territorios que, por fin, cierren la brecha.

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