La Caída del Tirano.

«La libertad cuesta muy cara y es necesario , o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio». José Martí.

Qué paradójico es el mundo: muchas de las dictaduras en el mundo se dieron a través de violentas insurrecciones, pero Venezuela se convirtió en un Estado policial, en donde lo único que se hizo fue desarticular la estructura institucional y controlar por completo el Estado, cooptando y comprando a las autoridades.

Como primera medida, las fuerzas militares fueron capturadas por el régimen; luego siguió la justicia, el órgano electoral, con el fin de poner en los cargos públicos a esbirros, dándole matices de legalidad a todos los actos infames cometidos en contra de los venezolanos.

Hoy la opinión mundial quiere que este dictador deje el poder por las buenas. Resulta imposible, porque está engolosinado, embriagado con el poder y el dinero que todas estas actividades inherentes a él generan. Se encuentra dando recompensas de hasta 25 millones de dólares por la cabeza de Maduro y también de sus secuaces.

Tienen a una diáspora de venezolanos transitando por todo el mundo. Todos los gobiernos dicen: «Pobres ellos». Es inhumano el éxodo, sin comida, sin trabajo, sin servicios médicos, etc. Pero esos que se lamentan, ¿qué hacen por esta población de desvalidos?

Me recuerda lo que sucedió en la Alemania nazi: el mundo entero repudiaba lo que Hitler hacía, pero ¿quién lo enfrentaba con contundencia? O mejor aún, ¿quién decía: «Envíenme a los judíos que yo los mantengo mientras cesa el hostigamiento, los vejámenes y genocidios»? Muchos gobiernos se lamentan y repudian lo que sucede con países en desgracia por decisión de los dictadores, pero al final dejan a esos pobres hombres y mujeres a su suerte. Pero como dice el dicho coloquial, no hay chorro que no termine en gota.

Guardamos la esperanza de que después del triunfo de Edmundo González, legítimamente en las elecciones del pasado 28 de julio. La Corte Internacional Penal active el proceso penal contra el bandolero Nicolás Maduro, por las desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias, torturas y todos los delitos contra los derechos humanos y el derecho internacional, en un país donde la justicia no existe, está en manos de vasallos adeptos a la dictadura; sin ningún tipo de garantías para el ciudadano de a pie.

Seguimos esperando que triunfe la verdad, la voluntad popular y, si el precio es que intervengan militarmente en Venezuela, que lo hagan, que Naciones Unidas establezca las formas de restablecer el poder al verdadero presidente Edmundo González. EL miedo de Maduro no es la cárcel. Si quiere borrón y cuenta nueva, que lo analicen, pero que se vaya de Venezuela; que lo reciba Rusia, China, Nicaragua, Cuba o Corea del Norte, pero que deje a Venezuela en paz. Amnistía o indulto para él y para todos sus secuaces, pero váyanse ya.

El alemán Marcel Dirsus, politólogo experto en dictaduras ( How Tyrants Fall), dice cómo acabar con las dictaduras : “ resistencia pacífica; desobediencia civil, insurrecciones armadas , ” Si ya existe un manual para derrocar dictadores, ¿ por qué no iniciar con los organismos de seguridad del régimen, que son el soporte para que las masas no lo linchen?

La resistencia pacífica es importante, porque cuando la fuerza pública afín al régimen se enfrenta contra una ciudadanía desarmada, además de ser un acto deshonroso y cobarde, genera cierto sentimiento en la tropa, que pareciera que estuvieran atentando contra su propia familia.

Tener a una gran masa dispuesta a inmolarse por su país. Y tener a un gobierno en la encrucijada de si dispara o no contra la población unida. Si dispara, el régimen crea un sentimiento de odio hacia estos y si no dispara, es símbolo de debilidad y este es el que da pie para que la oposición se envalentone y salga a las calles a protestar en contra de este asesino de Maduro. De esta forma el barco comenzará a hacer agua y comenzará a hundirse.

Tu hora está cerca, Maduro, muy cerca. Ánimo, María Corina Machado y Edmundo Gonzales, ya es poco lo que falta para que el régimen se caiga.

 

 

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