La autonomía que huele a negocio: la RET y el viejo propósito del poder sucreño

No dejo de pensar en el afán desmedido por generar legados a la fuerza. Basta mirar la arena política para sentir perplejidad al advertir cómo muchos de los actores de nuestra región, cual intérpretes circenses, se ponen la máscara y comienzan su bufónica actuación.

Muchas figuras políticas del departamento han asumido como causa propia la creación de la Región como Entidad Territorial (RET). Sin embargo, hoy el Caribe colombiano ya opera bajo la figura de la Región Administrativa y de Planificación (RAP Caribe), integrada por Atlántico, Bolívar, Cesar, Córdoba, La Guajira, Magdalena, Sucre y San Andrés y Providencia.

La RAP, aunque limitada, cumple funciones de coordinación, planificación y gestión de proyectos interdepartamentales. No legisla, no tiene presupuesto autónomo y depende del Sistema General de Participaciones (SGP) y de transferencias o convenios con el nivel central. Y aunque esto pueda parecer una restricción en la gestión de las regiones —en especial la nuestra—, bien lo expresó Séneca:

“Nada es más peligroso que una fuerza sin control.”

Mal haría en opinar sobre los efectos que tendría la RET en otros departamentos, pero en Sucre sería, sin duda, abrir la puerta del averno. La materialización de esta idea debe analizarse bajo supuestos que todos conocemos: Sucre tiene una estructura política históricamente marcada por redes clientelistas, donde el acceso a los recursos públicos determina el control electoral.

Por tanto, la RET podría reforzar los círculos de poder existentes, generando una burocracia regional elitista que actúe como filtro ante el Gobierno Nacional. La naturaleza personalista de nuestros “referentes” políticos no les permite comprender —en el mejor de los casos— que los municipios más pobres, especialmente los de las subregiones Montes de María y San Jorge, quedarían aún más alejados de los centros de decisión.

Lo que en el papel se presenta como descentralización, en la práctica sería una oportunidad de oro para la clase política sucreña de legitimar y extender sus redes clientelistas, ahora con rango regional. Ese discurso disfrazado de provincia, que busca afanosamente la aprobación del sucreño de a pie, no es más que una estrategia para someternos a un centralismo caribeño privatizado, donde la autonomía no serviría para liberar al territorio, sino para blindar el poder de quienes lo han administrado como patrimonio personal durante décadas.

No sé en qué momento creyeron que siempre pasarían inadvertidos, que las mentiras disfrazadas de legados seguirían calando. Ya basta de tanto humo y tan poco resultado. En algún momento el letargo cesará, y el pueblo entenderá que el voto consciente es la única posibilidad real de cambio.

Mientras tanto, seguiremos viendo a diario autobiografías heroicas de quienes insisten en hacernos creer que Sucre se debe a ellos. Pero basta mirar la historia reciente para advertir que, cuando el poder se disfraza de integración, lo que sigue no es desarrollo, sino consolidación: la RET es la nueva sigla del viejo propósito de seguir mandando sin rendir cuentas.

“La política se pervierte cuando el servicio se transforma en estrategia.” —Simone Weil

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