¿Irse o quedarse? El dilema silencioso de los sincelejanos

Hay decisiones que no se anuncian, no se gritan ni se publican en redes sociales. Se toman en silencio. En Sincelejo, cada día, cientos de jóvenes y adultos sostienen una conversación íntima consigo mismos: ¿me quedo o me voy? No es una pregunta sencilla. Quedarse significa resistir, pero irse también duele.

La ciudad que amamos, y que a veces nos asfixia, tiene algo que no se puede explicar con cifras. Una calidez humana que abraza, un sabor a barrio, a porro sabanero, a tardes eternas conversando en la terraza de la casa. Aquí todavía se escucha esa frase tan nuestra: “Esto es un vividero sabroso”. Y es verdad. Sin embargo, también es cierto que vivir sabroso no siempre significa vivir tranquilo, mucho menos vivir con oportunidades.

Según cifras del DANE y estudios regionales sobre el mercado laboral en ciudades intermedias, en territorios como Sincelejo el empleo formal sigue siendo limitado y altamente concentrado en el comercio, los servicios básicos y el sector público. El desempleo juvenil puede superar el promedio nacional en determinados periodos y la informalidad laboral continúa siendo el pan de cada día para miles de familias. En otras palabras, trabajar sí se puede, pero progresar cuesta. Y cuesta mucho.

El sueño de irse aparece entonces entre la esperanza y la culpa. Barranquilla se dibuja en el mapa emocional de muchos sincelejanos como una ciudad cercana que promete movimiento, empresas, universidades y crecimiento. Luego está Bogotá. El frío de Bogotá, ese frio que aunque parezca absurdo seduce, porque representa orden, oportunidades y la posibilidad de comenzar de nuevo.

Cada semana alguien empaca una maleta en silencio. Se despide de su familia con un abrazo más largo de lo habitual, promete volver pronto, promete enviar dinero, promete que todo valdrá la pena. Y en medio de ese instante surge una frase que se repite como una sentencia popular: nadie es profeta en su tierra.

A veces la conversación empieza incluso antes. Ocurre en la cocina, frente a una taza de café caliente. Un padre mira a su hijo y le aconseja que busque la manera de irse. No lo dice con frialdad ni con resignación, sino con el peso de la experiencia. Le habla de los años en los que luchó sin encontrar oportunidades reales, de los intentos fallidos, de la necesidad de intentar un camino distinto.

Luego llegan las llamadas de los amigos que ya partieron. Algunos confiesan que no les tocó fácil al principio. Hubo días de incertidumbre, de trabajos temporales, de soledad. Pero con el tiempo algo cambió. La vida empezó a tomar otro rumbo, las oportunidades aparecieron y el esfuerzo comenzó a sentirse recompensado.

Muchos sincelejanos regresan solo en enero, para las fiestas, para el reencuentro, para volver a sentir el polvo en las sandalias y el fandango latiendo en la sangre. Regresan convertidos en visitantes de su propia historia. Otros vuelven únicamente por unos días, a ver a los abuelos o a recordar quiénes fueron antes de emigrar.

En medio de esa realidad están quienes deciden quedarse. Los que montan pequeños negocios, los que venden desde una vitrina improvisada, los que trabajan doble jornada con la esperanza de construir algo propio. Ser emprendedor en Sincelejo no es una moda, es una forma de resistencia. Aquí se emprende sin grandes capitales ni mercados amplios, pero con fe, con terquedad y con la convicción de que algún día el esfuerzo dará frutos.

Pensar en el futuro de la ciudad implica comprender que el desarrollo no llegará por casualidad. Requiere visión, liderazgo y una apuesta conjunta entre quienes toman decisiones públicas y quienes generan iniciativas privadas. Solo así será posible crear condiciones reales para diversificar la economía, fortalecer la educación y abrir caminos que permitan al talento joven crecer sin sentirse obligado a marcharse.

Irse puede ser necesario, puede ser inteligente o puede ser incluso un buen consejo. Pero quedarse también puede ser un acto de valentía. Sincelejo no es solo un punto en el mapa. Es una historia compartida, una raíz que, aunque a veces duela, sigue alimentando sueños.

Tal vez el verdadero dilema no sea escoger entre partir o permanecer. Tal vez el reto sea lograr que algún día nadie tenga que despedirse por falta de oportunidades. Porque algo es claro: esta ciudad sigue siendo un vividero sabroso. Lo difícil es convertirla también en un lugar donde los sueños puedan florecer.

 

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