«La polarización da votos; las instituciones dan futuro».
Juan Miguel Villalba Tapia
Empezaré diciendo algo que me ha rondado mucho la cabeza: ojalá en el mundo (lo digo por lo que contaré más adelante) no haya muchos como yo. Aunque también he descubierto que reconocer los errores propios, por incómodo que sea, tiene un extraño sabor a alivio… siempre que uno decida corregir a tiempo.
Digo esto porque, en algún momento de mi vida, llegué a creer con una fe casi infantil que pertenecer a un grupo o partido político me ubicaba automáticamente del lado correcto de la historia. Hoy miro hacia atrás y me pregunto cómo pude ser tan ingenuo. Esa convicción, tan cómoda como engañosa, no solo marcó una etapa personal, sino que refleja lo que ha pesado sobre la historia del país: la idea absurda de que la patria se divide entre “los míos” y “los otros”. Con el tiempo entendí que esa retórica que alimenta la polarización no es un debate sano, sino la herramienta perfecta de quienes han convertido el poder en un vicio.
Y aun con todo lo aprendido, mis convicciones no se han movido un milímetro. Mi visión de país y de región no es negociable ni transitoria. Creo en instituciones fuertes, en ciudadanos respetados y en un territorio que avance sin improvisaciones. Si algo ha cambiado en mí, no son mis propósitos, sino la madurez para entender que defenderlos exige carácter, transparencia y un compromiso que esté por encima de cualquier bandera.
Por eso, quizá desde una mirada sencilla, hoy estoy más convencido que nunca de la vigencia del “Acuerdo sobre lo Fundamental” de Álvaro Gómez Hurtado. A pesar de las décadas transcurridas, su diagnóstico sigue respirando en Colombia: la crisis del país no es de derecha o izquierda, no es de banderas ni de consignas… es una crisis de instituciones debilitadas, torcidas o abandonadas. Y mientras no exista un pacto mínimo sobre reglas claras, ética pública y fortalecimiento del Estado, seguiremos atrapados en la misma espiral de corrupción, impunidad, fragilidad institucional, inseguridad y polarización que Gómez advertía hace tanto.
Hoy soplan vientos electorales, y muchos (como aquel yo del pasado) se aferran a la defensa ciega de sus orillas. Pero Colombia necesita mucho más que eso. Necesita un liderazgo capaz de ordenar la casa, de hacer cumplir la ley sin favoritismos, de enfrentar la corrupción sin pactos vergonzosos, de dignificar la justicia y de devolverle a la gente la confianza perdida. Necesita claridad, firmeza, sensatez y la valentía de poner al país por encima de los caprichos políticos.
El país reclama un perfil decidido, alguien que no tiemble ante decisiones difíciles, que sepa gestionar y negociar, pero también de confrontar, un liderazgo que inspire respeto, que genere disciplina institucional y que tenga la grandeza de anteponer el interés nacional a cualquier cálculo electoral.
Porque perpetuar los discursos ideológicos no trae progreso: trae olvido. Trae empoderamiento de figuras que solo representan su propia orilla. Trae un desgaste democrático que hemos normalizado. Y peor aún, abre las puertas al caudillismo, esa falsa ilusión de que vendrá un mesías político a arreglar, por arte de magia, el desorden que nosotros mismos hemos permitido.
Por eso concluyo que la tesis de Gómez Hurtado no pertenece al pasado; sigue hablándole al país de hoy. Nos está diciendo, con una claridad que duele, que defender orillas es inútil. Que la crisis que vivimos es, ante todo, una crisis institucional. Y que solo un liderazgo que sea capaz de trascender etiquetas, resentimientos y trincheras podrá reconstruir la autoridad del Estado sobre los cimientos que siempre debimos cuidar: legalidad, eficiencia y confianza pública.