Entra el profesor Girafales a la humilde vecindad; no hay quien reverencialmente no lo salude. Una vez allí llega, orgullosa y hasta con cierta prepotencia, Doña Florinda enrostra su conquista al resto de la humanidad. Girafales no suelta su habano, impolutamente vestido, por lo menos para los que habitan en la vecindad. Girafales actúa con aires de un semidiós, llegando a decidir incluso situaciones muy particulares de la vecindad que nada tienen que ver con su rol docente o como pareja de Doña Florinda. Por cierto, jamás el distinguido profesor ha tenido muestras claras de pretender un compromiso serio con Florinda Meza, situación que lo hace aún más interesante como personaje.
Pero la vecindad también tiene otras dinámicas. Don Ramón, una vez avizora la llegada del Sr. Barriga, derrama una verborrea propia del gañín personaje, sacrificando incluso su dignidad para lograr el cometido de no cumplir con su obligación de pago. No podemos dejar a un lado a la Bruja del 71, quien nunca pudo entender el evidente desprecio de Don Ramón o simplemente no quiso.
Por último, el pobre Chavo del 8, un niño huérfano y hambriento, algo torpe, aunque en ocasiones parece sobreponerse a la torpeza y lanza certeros golpes de realismo e ingenio. Curiosamente, sufre de “garroteras”, que no son más que ataques de pánico, que él mismo define como «Siento como si sintiera que no estuviera sintiendo nada».
Y es que esta comedia, sin duda alguna, es una crítica social muy bien construida y, si la miramos de manera detallada, nos advierte incluso de los devenires de la relación gobernantes-pueblo. Definitivamente, en muchas ocasiones, como sociedad electora hemos adoptado algunos de los roles de estos personajes, exceptuando el de Girafales y el Sr. Barriga; esos en particular parecen estar reservados para algún tipo de genio mesiánico.
No en vano para estas épocas empiezan a despertar el sentido crítico de los Girafales de nuestra región y apenas es lógico, pues inflados por los halagos legitimados en la pura y física necesidad de cualquier promesa de trabajo o beneficio particular cualquiera, sienten precisamente ese aire de semidiós, ese que siente Girafales cuando llega a la vecindad.
Ya se afilan las críticas y muy pronto se desatará la carnicería mordaz tendiente a acabar con la persona del otro candidato sin importar el debate político; lo que prevalecerá es la anulación de la existencia política del otro y es allí donde a muchos les toca ponerse la máscara de Don Ramón, pues atemorizados ante un inminente desalojo, toca sí o sí exaltar cualidades existentes o inexistentes de los Sres. Barriga que pululan en nuestra región.
Es imposible dejar de pensar en Doña Florinda y su espera eterna de un compromiso formal con su amado profesor, engañada una vez por semana con un ramo de flores que en un par de días estará marchito y supondría, sin temor a equivocarme, que cada vez que las rosas marchitas deben ser tiradas a la basura, Doña Florinda por un instante de tiempo sabe que siempre ha sido la amante de Girafales y que nada serio puede pasar con él; sin embargo, decide obviar esa conclusión y se conformará con otro ramo de flores la próxima semana. No debe ser ajeno ese sentimiento a muchos electores que, sin asomo de compromiso serio de los gobernantes, siguen siendo engañados con algún pétalo de un bonche reseco.
Y el pobre Chavo, que se parece tanto al pueblo, y me refiero a ese pueblo de necesidades básicas insatisfechas, a los que día a día añoran la “torta de jamón”, a los que le apuestan a la venta de “aguas frescas” para matar el hambre, al pobre Chavo que incluso de Don Ramón les toca aguantar coscorrones y que seguirá de “garrotera” en “garrotera”, precisamente sintiendo como si no sintiera nada y esperando que le echen agua en la cara para reaccionar; sin embargo, así como el Chavo del 8, el pueblo no supera sus miedos y mucho menos aprende de ellos.
Jamás abandonare el deseo que el Chavo del 8 pueda dejar de hacer siesta en el barril, que Don Ramón se sacuda y motivado por buenas ofertas de trabajo pueda dignamente cumplir con sus obligaciones, que la Bruja del 71 entienda que es usada por Don Ramón en virtud de su ciega atracción, lo realmente lastimoso es que la serie no tiene un fin claro, así como el norte de nuestra región, por más agua fría que echen en la cara del pueblo después de las “garroteras”, es poco probable que nos sobrepongamos como pueblo al yugo político al que hemos sido sometidos y que aun cuando aumenten las voces que imploren necesidad de cambio real, las mayorías siguen poseídas por el espíritu de Don Ramón y de la Bruja del 71 y así SIN QUERER QUERIENDO seguimos construyendo un futuro incierto, solo queda apelar a un repentino ataque de realismo o incluso de ingenio.
«Lo último que se pierde es la barriga, señor Esperanza».